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» EL LEGADO DE ERCIYES
19.06.15 12:46 por Legado

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EL LEGADO DE ERCIYES

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EL LEGADO DE ERCIYES

Mensaje  Legado el 25.05.15 14:35



Desde Caín y la Primera Ciudad la Estirpe había viajado entre las arenas del tiempo, desafiando los milenios, en tanto se erosionaba lentamente bajo el peso de sus propios pecados y debilidades. El Diluvio purgó el mundo, del mismo modo que realizó una criba entre inmortales. Fueron pocos los que sobrevivieron al castigo del Creador, y todavía menos aquellos que decidieron seguir adelante y perpetuarse. Trece supervivientes sin guía, perdidos por siempre y alejados de un mito al que habían decepcionado antes de recibir la cólera de Dios desde los cielos. El origen de sus dones había desaparecido, muerto o exiliado por vergüenza, condenándoles a la dura tarea de fraguar un futuro. Una responsabilidad en manos de quienes no habían hecho posible la convivencia en aquél sueño, a través de sus envidias e intrigas, su guerra y el canibalismo hacia sus padres. Aquellos hijos olvidados por el Diluvio, que no fueron reclamados por la Muerte Definitiva, no tuvieron otro sino que el de arrepentirse de sus actos y forjar una Segunda Ciudad. Sus pilares serían aquellos, los Trece, que los mortales adorarían como a dioses, y alrededor de cuyas voluntades se alzaría una gloriosa civilización de orden y progreso. Sin embargo la paz nunca cimentaría en su retorcida naturaleza, y con el tiempo la guerra civil y la confrontación terminarían por quebrar las cadenas de concordia que unían aquella segunda oportunidad. Los Trece y sus progenies abandonaron las ruinas de su fracaso, y temerosos unos de otros se repartieron por las tierras conocidas. Nunca más volvería a alzarse la unión entre todos los Clanes que bebían de la sangre de Caín, el Primero. Roma y Cartago fueron el último sueño de agolpar a todos los inmortales bajo un mismo gobierno, pero solo sirvieron para dividir la Estirpe aun más y radicalizar los bandos entre vampiros. Tendría que desaparecer Troile de las páginas de la historia, sepultado con su sueño Cartago, para dejar a su Clan huérfano y a la Estirpe sumida de nuevo en el caos. El autoritarismo Ventrue de Roma nunca logró consolidar el apoyo de sus hermanos, y así colapsó humillada como idea por sus muchos enemigos.

El paso de las edades trajo consigo el vacío, y lentamente los Antediluvianos se sintieron lejos de sus orígenes y separados de sus ambiciones. Con vieja añoranza por todo cuanto habían perdido se perdieron igualmente ellos mismos, escondiéndose del mundo y de sus progenies, o simplemente entregándose a los brazos de un sueño cada vez más profundo en el interior de sus terribles enclaves. Su ausencia hizo audaces a sus descendientes y enemigos, y pronto el legado de los Trece se consumió bajo el hambre, la traición, y el fuego. Saulot y su Clan fueron exterminados por Tremere y su Orden. Veddartha y Arikel desaparecerían para no volver a ser vistos jamás, y así todos sus hermanos anteriores al Diluvio, hasta que solo Ashur de los Capadocios quedó despierto en el mundo. Un faro en mitad de la oscuridad, una figura de inigualable respeto que recordaba a todo inmortal que un tiempo distinto y antiguo había existido. Había permanecido despierto durante más de doce mil años con un propósito, golpeado por ser sabedor del futuro y contemplar el destino de muchos. Pero los milenios destruyeron su humanidad, y así también su cordura, dejando tras de sí una entidad sombría y enloquecida en manos del destino. Con sus facultades minadas, y obsesionado por las quimeras que perseguía con sus grandes conocimientos, no hizo nada para evitar la progresiva desaparición y caída de sus iguales, como tampoco sería capaz de evitar la suya propia ...

1444
- La Caída de los Gigantes -
por Japeth

1445
- El Silencio de Creta -
por Adrian de Padua

1446
- Los Últimos serán los Primeros -
por Goratrix

1447
- Tomando el Control -
por Ambrogino Giovanni

1448
- Expulsión de un paraíso perdido -
por Asran

1449
Revolución contra la Revolución -
por Ambrosio Luís de Moncada

1450
- El Nuevo Orden -
por Sophie Anne Gold

1451
- La División de Thorns -
por Melinda Galbraith

1452
- La Catedral de la Carne  -
por Vikrias

1453
- Los Hijos de Haqim -
por El Viejo de la Montaña




Última edición por Legado el 19.06.15 12:49, editado 17 veces
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Re: EL LEGADO DE ERCIYES

Mensaje  Legado el 08.06.15 11:14



Gritos y el tumulto de las espadas, no lejos ni distante en la cima del monte Erciyes, sino en sus entrañas. Era la melodía del caos, y con él el quebrantamiento de la delgada línea de defensa que se encontraba entre la supervivencia del Clan y la posibilidad más grave de aniquilación. Los Giovanni se encontraban al frente de la protección de las Puertas, podría haber comenzado a berrear en contra de los venecianos en quienes, por otra parte, nunca había confiado. Pero la mente es compleja, y las rencillas históricas suelen nublar el discurrir natural de los pensamientos. "Lazarus, bastardo". A juicio de Japeth la culpabilidad de aquello no podía ser otra que la traición premeditada de su hermano de sangre, que tan oportunamente había abandonado el Templo. No podía distraerse pese a ello, si los hijos de Haqim habían conseguido penetrar en la fortaleza espiritual de Ashur no sería él quien bloqueara el asalto de un ejército profesional de inmortales, tenía una misión mucho más importante, encomendada por su Sire. El primogénito de Ashur había estado recorriendo los niveles inferiores del templo con paso diligente, pero ahora sus sandalias corrían tan rápido como su físico le permitiera. La túnica sacerdotal se mecía en aquella carrera desvalida, en tanto que sus brazos se plegaban contra su pecho, resguardando una jarra de barro sellada con cera. Japeth no era totalmente consciente de lo que portaba consigo mismo, pero todo su ser y naturaleza le empujaban a considerarlo de una severa importancia. El fundador del Clan se lo había entregado y había dejado instrucciones precisas sobre cómo debía proceder con aquella presunta reliquia. Había que ocultarla, dejarla fuera del alcance de sus enemigos, pero no en cualquier sitio. Los largos corredores del ala oeste conducían a los salones en que descansaban los objetos rituales y los conocimientos rescatados de la Segunda Ciudad. No era una sabiduría al alcance de todos, pues aún y obtenerla su significado se encontraba escrito mediante la idiosincrasia de antaño, así como en la lengua primigenia de Caín. La Puerta del Conocimiento marcaba la separación entre aquellos que poseían la pureza genuina requerida para el saber y los que no.

El hecho de que el corredor se encontrara vacío le llenaba de desazón, sus sabios huían o luchaban, e incluso los había que encontraban su sino en el conflicto en su vano intento de preservación. Ya nadie quedaba para proteger la historia de la Sangre, el conocimiento abandonado al saqueo y la quema. Japeth atravesó con rapidez la cortina raída que separaba el pasillo de la cámara ritual y detuvo de inmediato su carrera. La forma circular del salón quedaba guarnecida por telas viejas y faltas de color, viejas reminiscencias de la vanidad del Clan que se había tornado en legajos austeros tras su conversión a la abnegación y los propósitos elevados. La roca desnuda acompañaba aquella escala de grises, en la que el único lujo presente era un gran espejo de cuerpo entero. Media lo mismo que dos hombres de alto, y hasta cinco pudieran haberse visto reflejados situados uno al lado del otro. Sus marcos de oro, engarzados en joyas, habían sido retirados y donados años atrás, quedando en repuesto una construcción ensamblada de robusta madera para mantenerlo en pié. Ante el espejo quedaba el pilar de ónice sobre el que descansaban los medallones de Enoch, Irad y Zillah. Cada uno de ellos unido a su soporte representaban las tres bocas que el inmortal debía alimentar para convencer mediante su esencia a la puerta de sus valores y pretensiones. A menudo el Capadocio se había preguntado si aquél espejo había sido originalmente un regalo de Caín a su progenie, para guiarla en sus tiempos de incertidumbre, sin embargo en ese instante no podía hacer otra cosa que contemplar su propio reflejo. Lentamente el vampiro dejó la jarra de barro sobre el pilar y se acercó a la superficie que devolvía un semblante en absoluto próximo a la imagen que recordaba de sí mismo. Japeth quedó en pié frente a la Puerta, observando cada rasgo y detalle que dibujaba aquél cadáver siniestro en que se había tornado. Parecía ser poco más que un esqueleto olvidado por la Parca, que por alguna razón ignota todavía languidecía sin rumbo en el mundo de los vivos. Entrecerró la mirada, centrando sus ojos en su propia mandíbula, que era poco más que una sonrisa burlona fruto de la ausencia de músculo aparente. "¿Cómo puede ser esto un Don?". El cambio de pensamiento en el clan le había devuelto una humanidad que creía perdida, y no solo se había reencontrado a si mismo durante aquel viaje, sino que también había aprendido a mirar con distintos ojos todo lo que habitualmente había dado por cierto.

Su tiempo, no obstante, se acababa. El sonido de la violencia cada vez era más próximo, y conquistados los salones superiores ya podía percibirse como el frente de la batalla se había trasladado al ábside central que ejercía como nexo entre las disposiciones del nivel inferior. Siendo consciente de aquél hecho su voluntad le hizo reaccionar cual autómata, giró sobre sus talones y tomó la jarra con el brazo izquierdo para apoyarla contra su cuerpo, a un mismo tiempo que empleaba la diestra para cortarse en un rápido movimiento. Había empleado las propias formas afiladas y ornamentales de los medallones, y tan pronto constató la profundidad del corte procedió a apretar el puño para regar con algunas gotas de su sangre los orificios de las tres reliquias. No corría demasiada vitae por su organismo, mantenido a raya por su voluntad y disciplina. Tanto sus votos como el asedio le habían mantenido sumamente alejado de la glotonería. La pulida superficie del metal dejó resbalar las perlas carmesíes hacia el interior del pilar, a lo cual siguió un absoluto y total silencio. Japeth volvió sobre su figura para contemplar de nuevo su reflejo, constatando que la Puerta no se abría ni parecía hacer señales de desearlo. Veía la frustración en sí mismo como un aura pesada y dañina, negándole el acceso por compartir las debilidades de las que la mayoría es víctima. En ese instante Japeth comprendió que no podía cruzar, y que no solo se había decepcionado a sí mismo, sino que también había fallado a su padre. No era un ser puro, todavía sentía odio por sus enemigos, así como ambicionaba muchas de las vanidades a las que había renunciado. Su ejemplo era solo consecuencia de ser seguidor de un visionario, pero no genuino después de todo.

Anegado su raciocinio por hallarse a las puertas de chocar con el enemigo, así como por la curiosidad y la importancia de su deber, alzó la jarra con ambas manos y reposó la frente sobre su superficie. Sus ojos se cerraron, y mediante sus artes buscó saber qué encerraba el recipiente. Se dijo a si mismo que al saber de qué se trataba podría buscar mejor como ocultarlo, mas en el fondo no quería desvanecerse del mundo sin poner fin a ese último misterio. Su escrutinio fue breve y chocante, pues tan pronto como su espíritu entró en comunión con la esencia que había ocultado Ashur en el frasco Japeth pudo sentir como su corazón latía en una sola ocasión, reverberando un eco fantasioso y primario en sus sentidos. Inmediatamente perforó con el meñique una parte de la capa de cera, y contempló como el olor de la sangre acudía a sus sentidos. Se preguntó si su Sire había previsto que aquello podía ocurrir, y sin demora inclinó el recipiente de barro para verter una pequeña cantidad de sangre en cada uno de los tres emblemas. Una porción ínfima de la que contenía la jarra, pero ante la cual el espejo pareció mostrarse satisfecho. Una pequeña sacudida asoló la cámara, antes de estallar el vidrio en centenares de partículas. El tiempo pareció detenerse, en tanto que los cristales desaceleraban en su trayectoria y quedaban suspendidos en el aire. Las esquirlas conformaban las formas de una espiral, una boca que no era otra cosa que un portal invitando a su visitante a cruzar lo que momentos antes pudiera haber sido un espejo.

Japeth cruzó el umbral que se abría ante él para verse al otro lado de aquella puerta arcana, y en cuanto lo hizo a sus espaldas pudo escucharse el sonido tintineante del vidrio caer súbitamente sobre el suelo. De forma instintiva volvió sobre sus talones para observar que no había cristales sobre el suelo, ni tampoco un espejo roto. En su lugar quedaba un portón abierto a través del cual veía el largo y tenebroso corredor por el que había llegado. Era consciente de que todo cuanto pudiera percibir allí sería una versión diferente de la propia realidad, y que en base a ello podría cumplir con su misión. Aquella puerta había concedido grandes revelaciones a aquellos miembros del Clan que se habían desecho de las cadenas mundanas, cuando estos habían reunido la integridad espiritual suficiente para renunciar a sí mismos. Muchas veces cruzar el umbral era solo un prefacio del abandono, pues aquellos que lo conseguían solían dejar de alimentarse e incluso eventualmente emergían a la superficie para contemplar por última vez el amanecer. Hacía siglos que el Clan Capadocio había cesado su participación en la eterna guerra inmortal, y desde entonces había estado desapareciendo lentamente de la faz de la Tierra. Por supuesto no todos comprendían el viraje del linaje de Ashur, pero ninguno de ellos jamás había osado interponerse al Fundador de su Sangre. Aquellos que no habían abrazado la Senda Celestial simplemente se habían distanciado del Clan y sus jerarquías, quedando como poco más que huérfanos en un mar turbulento. Parecía ahora que la guerra rehuida había terminado por llamar a sus puertas más sagradas, e incluso las había derribado. El primogénito de Ashur analizó las nuevas formas y detalles del salón. El ambiente era extraño, irreal, y cualquier sonido había sido ahogado hasta desvanecerse. Cada piedra parecía poseer vida en sí misma, tal fueran inertes cantoras poseedoras de una historia velada. Sin embargo su atención se concentró en una de las baldosas del suelo, la cual destacaba por encima de las demás por tener un enorme cerrojo en su centro. Cuasi de forma instantánea, en una suerte de proceso guiado para su consciencia, su mirada descendió hasta sus brazos para comprobar que entre sus manos ya no cargaba una vasija sino una llave de hierro. Supo aquello que debía hacer.

Cuando Japeth volvió a cruzar el portal, cuando regresó a la realidad material, despertó de inmediato de la paz en que su viaje le había sumergido para reconocer el bullicio de violencia inundando el Templo. No dudaba que el Clan Assamita atacaba con toda su tesón y perseverancia, pero entre aquellos muros un Clan legendario por su fortaleza y abnegación resistiría el tiempo que fuera necesario por su Padre. Al volver la vista hacia el espejo comprobó que este permanecía intacto. No sabía que había hecho de un modo exacto al otro lado, pero no tenía duda alguna de que la vasija se encontraba en lugar seguro. Sabiendo que aquella antigua reliquia solo podía caer en las manos equivocadas decidió sellar por siempre la última voluntad de su Sire, y lo hizo con toda la contundencia que pudieran merecer aquellas circunstancias tan extraordinarias. Se aproximó a uno de los candelabros de mano fundidos en acero que ardían en los muros y lo alzó con la diestra. A continuación se aproximó a la superficie de aquella maravilla de los tiempos más remotos y se contempló a si mismo durante unos breves instantes. Tuvo que reunir valor para cometer aquél acto, pero en un movimiento raudo y marcial se valió de ambas manos para estampar el acero contra la superficie del espejo y hacerlo estallar ante sí mismo. Hubiera esperado liberar la fuerza en él contenida, pero los cristales simplemente se desmenuzaron sobre los suelos y pereció así uno de los recuerdos más genuinos de un tiempo mejor. "Cuán fácil resultaba destruir aquello que posee valor" fue su última meditación, antes de que una voz perturbara el final exitoso de su misión.

- Japeth. - Su nombre, en labios conocidos. Rápidamente el capadocio soltó el candelabro por instinto y volvió sobre su figura para contemplar la regia y desmejorada figura de Claudius Giovanni. Su rostro romano le observaba con mirada aborrecida y labios inflexibles. Su armadura había dejado de brillar para quedar cubierta de mugre y sangre, y aún y ver el desprecio en sus facciones tardó unos instantes en abrir lentamente los brazos mientras descendía la vista. La diestra del veneciano sujetaba con fuerza la empuñadura de su fastuosa espada, cuyo filo atravesaba a traición su torso. Finas hebras espectrales recorrían la hoja, generando desagradables lamentos y sonidos de otro mundo. Podía sentir como el arma quemaba sus entrañas, como esta se abría camino acercándole lentamente a la Muerte sin necesidad de que su portador la moviera un solo centímetro más. Así eran las cosas. No Lazarus, sino ellos. En retrospectiva aquello era de lo más evidente, pero Japeth nunca creyó capaces a los venecianos de acometer tamaña traición. Había visto su ambición, incluso había presenciado el advenimiento de Augustus como inmortal, y desde ese instante había sido consciente de que se había cometido un error, pero los italianos eran pocos y jóvenes. Su desafío resultaba incomprensible. Incomprensible, pero pese a todo muy real. La mirada sorprendida de Japeth permaneció unos instantes contemplando aquella hoja encantada con los secretos de Venecia, moldeadas desde los conocimientos sustraídos al Clan, conocimientos de paz y contemplación puestos al servicio de la guerra y el poder. No fue capaz de reaccionar hasta que pudo sentir como Claudius hacia ascender lentamente su arma, con la firma intención de abrir su caja torácica tal su cadavérico ser no fuera más que un cordero. En ese instante su sorpresa fluyó hacia la indignación, y de esta a la ira súbita. Su propia naturaleza le arrebató la calma para defenderse, y pudo percibir como su sangre se concentraba dispuesta para resistirse a cualquier destino que Claudius intentará imponerle. Todo sucedió con soberana rapidez a partir de ese instante.

La mano izquierda del capadocio se proyectó hacia el hombro diestro de su enemigo para desestabilizarle con un poderoso golpe en seco, y aprovechando el escaso instante en que el Giovanni perdió el control de la situación su diestra ejecutó un violento barrido contra la empuñadura del arma. La hoja quedó empalada en el torso, huérfana, mientras el ornamentado mango se perdía por el suelo del salón, repiqueteando con insistencia. Los colmillos de Claudius asomaron acompañados de un rugido atronador. Su brutalidad guerrera y su rapidez sobrenatural le llevaron a contraatacar con fiereza. Su bota golpeó el cuello de la hoja para hundirla aún más en las carnes de Japeth, y a continuación sus manos propinaron dos viscerales giros sobre el rostro y cuello del capadocio con el objetivo de desgarrar su cuello y cegar sus ojos. Las uñas del veneciano arrancaron parte de la férrea carne del monje, sin ser capaz de infringirle graves heridas. En respuesta solo encontró un poderoso movimiento de mano por parte del erudito, que le propulsó varios metros hacia el interior del corredor. Inmediatamente el Giovanni intentaba recuperarse, alzándose dispuesto a combatir, mas su presa no le permitiría más que estar de rodillas. Japeth proyectó sus manos hacia la figura del caballero italiano, liberando un torrente de fuego que forzó a este a permanecer hecho un ovillo, cubriendo su rostro con sus guanteletes de metal. El primogénito de Ashur hubiera querido fulminarlo allí mismo, pero no estaba bien alimentado, su amenazador convocación ígnea cesó tempranamente, a un mismo tiempo que notaba como los daños de la hoja empezaban a debilitar su aguante. El matusalén se tambaleó mientras emitía un gruñido, llevando su diestra hasta el acero encantado para extraerla en un gesto dolorido. Pudo sentir como si una barra de hierro incandescente abandonara su cuerpo, para desecharla a un lado agonizante. Intentaba que su naturaleza reconstituyera sus heridas, pero aquellos daños no eran convencionales.

Claudius se levantó furibundo, arrancando el broche de su armadura que sujetaba un manto llameante. Parte de su rostro había quedado cauterizado, y ahora sus ojos poseían una mirada fuera de todo control o conocimiento. Gritó tal no fuera más que una criatura desbocada, y se lanzó cual león sobre su presa, buscando derribarla para golpearla sin cesar con su monstruosa potencia física. Los cuerpos de ambos rodaron sobre el suelo repleto de cristales rotos, hasta que el veneciano quedó sobre el cuerpo de su enemigo, unió ambos puños tal sus manos fueran una maza, y empezó a golpear el pecho de Japeth, imitando un ariete con el propósito de incapacitar su corazón. El cabello rizado y galán de Claudius se alborotaba a cada movimiento, incrementando la velocidad de sus acometidas mientras su rostro se incendiaba en sed de sangre. El cuerpo del capadocio respondía a cada golpe con un espasmo, pero la resistencia del erudito era legendaria, imposible de verse quebrada ante aquello. La huesuda mano de Japeth se alzó de forma mecánica, aprisionado el cuello de su enemigo para forzarle  a intercambiar posiciones con inapelable fortitud. Situado contra el suelo el Giovanni intentó zafarse golpeando a su presa, más esta silenció sus fuerzas con dos reveses consecutivos contra su mandíbula, que quedó sangrante. Japeth tomó el cráneo de Claudius entre sus manos y empezó a golpearlo una y otra vez contra el suelo, en un rito salvaje y desposeído de toda elegancia. El veneciano podía sentir como perdía todo control sobre el enfrentamiento, a medida que golpe tras golpe su entereza y sentidos se resentían. Aquella danza de muerte se detuvo de repente, quedando Japeth paralizado mientras sus manos temblaban. Había dejado de golpear al primogénito de Augustus para restar de repente en apariencia derrotado, su rostro desencajado quedaba en silencio, mientras su mirada quedaba fija en los ojos de su enemigo, sin mirarle realmente. Su mente había viajado a otro punto, mientras sentía como un vínculo de enorme poder había sido roto súbitamente. Era inconcebible, pero no le cabían dudas sobre lo que acababa de suceder, pues había sentido como si su ser y alma hubieran sido arrojadas a un solitario y árido desierto. Su Sire había muerto.

El caballero italiano supo que era su momento, no sabía si Japeth se recuperaría pronto o no de su revelación, pero no esperaría a descubrirlo. Había saboreado la fuerza de su oponente, y no deseaba dejar nada al azar. Claudius golpeó al capadocio con sus grebas para sacárselo de encima, y lo hizo rodar hacia un lado. Su celeridad le acompañó rauda, moviéndose de forma sobrenatural para tomar la hoja encantada y atacar la espalda tumbada del erudito. El acero arcano quemaba su guantelete, pero estaba dispuesto a soportar aquellas heridas para acabar con su misión. Japeth previno el intento de Claudius y se volvió para golpear con el dorso de su mano el filo del arma, que se quebró por la mitad. Sin embargo era lento, su sangre era poca y el desazón había anulado parte de sus ganas de luchar. Claudius insistió, pateó el torso de su enemigo para voltearlo de nuevo y se echó sobre su espalda. Japeth intentó forcejear contra su agresor, pero este situó su izquierda bajo su cuello y lo levantó lo suficiente como para hundir lo que quedaba de su espada en el corazón del capadocio. Japeth emitió un último sonido gutural antes de dejar de moverse, sintiendo como las fauces de Claudius se cerraban sobre su cuello. Todo había terminado. Erciyes se perdía mientras el Clan abrazaba la extinción, traicionado y consumido entre Giovanni y Assamitas. En aquellos instantes solo deseaba que los Hijos de Haqim les devoraran a ellos también, que no honraran el pacto al que hubieran llegado a espaldas de Ashur. Pero su ira menguaba como lo hacía su ser, y pronto una suave oleada de descanso le sacudió, antes de abandonar las páginas de la historia.

1444 había sido el fin de una era, los últimos grandes Inmortales que no se habían desvanecido en el olvido o muerto por mano del conflicto, desaparecían para siempre. Los Antediluvianos se convertían así en memoria del pasado, perdidos en la leyenda y el mito. La Estirpe encontraría su nueva senda lejos de sus voluntades, tendría que reencontrarse para decidir su destino, pero demasiadas eran las ideas que poblaban las mentes de los Hijos de la Noche sobre cómo debía ser ese futuro. La locura de la guerra estaba lejos de acabar, pues la sangre de Caín seguía recorriendo sus venas, y hermano contra hermano la matanza debía continuar...
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Re: EL LEGADO DE ERCIYES

Mensaje  Legado el 09.06.15 15:09


La noche brillaba con fuerza sobre la isla de Creta, sus costas se mecían con una cierta tranquilidad, una placidez contraria a las tormentas que habían arreciado durante la mayor parte del trayecto desde Italia. La carraca mercantil que había cursado la ruta no se había detenido un solo instante sin embargo, pues su sombría figura ya se alejaba hacia el Oriente portadora de las mercancías venecianas. Había dejado tras de sí un bote con peculiar tripulación, la clase de hombres que son acompañados por las tinieblas y las maldiciones, por los rumores y el temor de los marineros. Si no hubiera sido por la generosa paga que había recibido el capitán y sus lugartenientes a bien seguro que les habrían echado por la borda en algún punto del Mediterráneo, pero tan oscura compañía había financiado las molestias causadas. Cuatro espadas de fortuna remaban con esfuerzo, acortando las distancias con el área pesquera del puerto de Candía. Su patrón no deseaba llamar la atención, ni acercarse a las miradas indiscretas del siempre atento gran puerto mercante de la ciudad. El hombre no cubría su identidad sin embargo, mas parecía un ávido explorador a punto de plantar su marca en tierras a conquistar. El pálido rostro de Adrian de Padua permanecía con el mentón ligeramente alzado y una confiada sonrisa. Se situaba en postura de mando, con la rodilla hincada en la proa. Había dejado en Venecia sus hábitos de monje, y en su lugar vestía a modo de adinerado ciudadano latino. Sus ropas coloridas y las botas pardas le dotaban de aspecto gentil junto a su cabello dorado, dejando a sus espaldas una elegante capa celeste que relucía en complicidad con la Luna. En popa quedaban las alforjas en que transportaba sus enseres. Merced de su tamaño no debían ser demasiados, quizás había salvado poco de su anterior vida, o simplemente no se aferraba demasiado a lo material. Tenía una bolsa de oro lo suficientemente grande como para desplazarse con facilidad, así como para aparentar un rango social adecuado, más allá de eso le preocupaban pocas cosas. Si miraba a sus espaldas podía ver un pasado convulso, en que se habían abierto grandes posibilidades y a la par había recibido el golpe de las muchas consecuencias. Su progenie había sido exterminada, y su dominio posiblemente se encontraba en manos de algún cainita oportunista en el mejor de los casos, o poblado por una manada itinerante de jóvenes inmortales ávidos de sangre en el peor de ellos.

Dos figuras ya le estaban esperando en las discretas orillas que circunscribían la villa pesquera anexa a Candía. Una de ellas le era conocida, mas la otra no. La primera poseía una efigie generosa, con una barba mal cuidada y una mandíbula ancha. Su cabello aceitoso se iniciaba bien entrada la frente, y poseía una constitución anómalamente robusta, sin duda exagerada por las holgadas ropas de tonos escarlata con que rodeaba su cuerpo. El acompañante posiblemente no sería más que un siervo. Un servil común de la isla, un joven de voluntad anulada y mirada perdida, que sostenía las riendas de dos caballos mansos. Cuando la barcaza se enquistó en la arena Adrián vigorizó su sonrisa y extendió los brazos hacia su conocido. El hombre se aproximó con el mismo carácter, emitiendo una densa y grave carcajada gutural mientras le tomaba las manos para ayudarle a desembarcar.

- Hadrianus, "el que viene del mar", que manera de llegar. Desembarcas con séquito, cualquiera diría que has venido a ver un amigo, rodeado de espadas. -. La sonrisa del bruto permanecía grabada en su rostro, para soltar las manos de su compañero una vez sus botas pisaron las playas. Sus palmas golpearon con entusiasmo un par de veces los hombros del malkavian, recibiendo un leve asentimiento nervioso por parte de este mientras desviaba la mirada hacia sus espaldas para asegurarse de que las espadas de fortuna cargaban con las alforjas. - Dime, ¿lo has traído? -. La voz descendió de lo jovial a una seriedad curiosa, demandando la atención y respuesta de su invitado.
- Si, desde luego. - El rostro del lunático volvió de inmediato al frente, para entonces internar sus manos en el interior de su jubón abierto, y extraer del mismo una pequeña caja grabada con motivos cartagineses. Tensó una sonrisa labial mientras la levantaba ante la mirada del corpulento varón, para posteriormente relajar su postura y volver a guardarla en el interior de su atuendo. - Espero comprendáis mi vigilancia en las circunstancias que nos rodean, no tengo intención de engrosar las interminables listas de Antiguos que desaparecen en las llamas de este terrible conflicto.
- Los opulentos elíseos de la  Italia te han hecho más formal de lo que recordaba. En cualquier caso no has de preocuparte por guerra alguna aquí. Ese "conflicto" no pisa Creta. -. Entrecerró la mirada con cierto misticismo, y posteriormente se golpeó el pecho con la palma antes de volver el dorso hacia los caballos que aguardaban allí . - Ereo se encargará de guiar a tus hombres y tu equipo al refugio en el que te hospedarás. Nosotros vamos a tomar otra ruta.

La mirada del malkavian se posó unos instantes sobre el escuálido criado, quién cedió una de las riendas a su amo. La mole de carne ascendió al corcel con una agilidad impropia de su forma física, y sin que su animal de monta pareciera resentirse en lo más mínimo. Tampoco parecían asustados por su presencia aquellos equinos, Adrián consideró que habían sido entrenados o incluso embrujados con la sangre de los inmortales. El hecho de que le separaran de sus posesiones y guardianes no le causaba ninguna simpatía, pero por otro lado no estaba en disposición de negarse a nada a esas alturas. Chasqueó los dedos de su mano diestra, para que los mercenarios obedecieran lo estipulado, y a continuación montó en el otro corcel con destreza, tal nunca hubiera olvidado su habilidad de monta en el inmenso tiempo desde la última vez que subió a un caballo. Apenas montaba su interlocutor ya salía al galope, urgiéndole a seguirle de inmediato hacia allí donde fuera que deseara portarle. Adrián se hizo a las riendas primero, mientras el caballo movía sus patas de forma inquieta a la espera de una señal clara. Borró su sonrisa lentamente, hasta que su rostro adoptó un matiz regio, y contempló una vez más como sus hombres se llevaban las alforjas siguiendo el camino de aquél joven desconocido, antes de salir en persecución de su presunto amigo.

No tardó demasiado tiempo en encontrar su rastro, pero pasó largo rato persiguiendo su estela, divisándole en la distancia, antes de conseguir alcanzarle y poder cabalgar a su lado. A medida que el trote progresaba en la noche se alejaban más de la vieja Heraklion, y por el contrario se internaban más en las profundidades rurales de aquél proclamado Ducado de Candía. La mística sombra de ambos jinetes se recortaba en la profundidad de la noche, atravesando los campos y villas del campesinado, en tanto que cabalgaban hacia los bosques que conformaban el fin de las tierras deforestadas. La tierra salvaje dotaba de un aspecto místico y fantasioso a la isla allí donde terminaban las poblaciones y comenzaban las junglas mediterráneas. Los caballos redujeron el paso al iniciar su camino a través de la vegetación, debido a la nulidad de senderos practicables. Como erudito Adrián sabía bien hacia donde se estaban dirigiendo, y quizás por ello decidió guardar un total silencio sobre cualquier cosa que pudiera pensar en esos instantes. Los bosques rodeaban una parte olvidada de Creta, una parte mítica y caída en desgracia de su historia. La mitológica Cnosos debía yacer sepultada por las memorias de un pueblo que había favorecido Heraklion en su lugar, y la había dejado morir en soledad. Quizás había sido la prosperidad de la primera aquello que había originado la migración y final colapso de Cnosos en la antigüedad, pero existían otras leyendas al respecto. El silencio de aquella travesía, ahora paseo montado, se vio interrumpido por el vigoroso guía.

- Bueno, cuéntame eso de las "llamas del conflicto". ¿Cómo de agitado está el mundo ahí fuera?-. El varón mantuvo su mirada al frente, apenas virando el rostro de tanto en tanto para reconocer las señales que bien conocía, necesarias para llegar allí donde deseaba. Lo giró un instante hacia Adrián, con una sonrisa casual, desagradable en sus facciones. - Solo sé que no debe ir muy bien. El año pasado recibimos numerosos cargamentos de Venecia, previsiones de exilio, supongo. Nos vinieron muy bien.- El hombre volvió la vista al frente, carraspeando una vez para sí mientras encorvaba ligeramente la columna y susurraba algo a oídos de su montura. Adrián arqueó una ceja en tanto le observaba de reojo, procediendo a explicarse con cierta elocuencia.
- Los últimos de los Fundadores han desaparecido, su guía y juicio han dejado de conformar la vanguardia de la Estirpe. Sin su paraguas y control muchos Matusalenes se han sentido perdidos y han desaparecido, supongo que tras milenios de control es difícil recordar lo que es la autonomía de obra y pensamiento. Otros habrán muerto, intentando detener el caos emergente. Los pocos que han quedado poseen el poder y la determinación para asentar las nuevas reglas de juego, y ya han abierto los frentes de este nueva guerra. Los Antiguos nos hemos convertido en los nuevos centinelas del tablero, somos las únicas generaciones capacitadas para ejercer el control adecuadamente, pero los jóvenes son muchos y cada vez serán más. El número parece un valor al alza, mientras que la calidad de la sangre se pierde estaca a estaca, entre salvajes y ávidos de poder. No se puede ignorar que los enemigos de nuestra raza están al tanto, y han socavado nuestras fuerzas ante la ventaja de tan brutal guerra intestina. - Nunca le había gustado la división de Clanes, había apostado eternamente por los modelos de encuentro, por la recuperación del espíritu encerrado en los valores de la Segunda Ciudad, por la unificación de la Estirpe entorno a un poder común. Los Fundadores habían garantizado un orden, uno que se había quebrado con su marcha, pero su extinción también destruía las barreras más fuertes que habían mantenido los Trece Linajes separados. La Estirpe podía emerger renovada, o sumirse en un pozo sin fondo. Los revolucionarios lo habían comprendido deprisa bajo el prisma de Gratiano, que había logrado aunar a los descontentos de todas las sangres posibles, un modelo mucho mas seductor y abierto que el relevo generacional propulsado por Lugoj en el Este. - Como siempre ese es exactamente el problema. Los vestigios monárquicos se pudren en un enfrentamiento entre la Corte de las Rosas y Albión, solo Hardestadt y un puñado gerifaltes parecen haber conseguido unir apoyos y labrar un consenso entre parte de los Clanes. Detuvieron a Lugoj en Schwechat y destruyeron su ejército de carne para siempre. Las míticas legiones del Clan Tzimisce se han extinguido, lo cual les ha dejado en manos de sus camaradas Lasombra, que ahora detentan el peso jerárquico entre los revolucionarios. Su fuerza crece día a día, han engullido la mitad de Francia y han cruzado los Alpes. La situación es tensa allí, la Corte de las Rosas intentó un golpe contra Helena que la ha vuelto todavía más paranoica. Expulsó al Delfín, que ha tenido que refugiarse en Grecia.

Y allí estaba, relatando las desgracias del exterior. La voz de Adrián se convirtió en un cantar sempiterno, una cotorra cargada con una sinfonía de información que no parecía tener fin. Su acompañante escuchaba en silencio, manteniendo la vista al frente, sin intervenir en lo más mínimo. Pudiera parecer que el malkavian había encontrado un modo de relajar sus tensiones y distraerse, pero Adrián era un hombre que sabía bien hacer dos cosas a un mismo tiempo. Su discurso ordenado fluía de forma paralela a sus propias cábalas, de modo que finalmente no pudo evitar cortar sus explicaciones para formular una cuestión.
- A todo esto, ¿quién gobierna Creta? Presumo que la Princesa no sigue entre nosotros, como primogénito que sois, o fuisteis, estoy convencido de que sabréis hasta los detalles más truculentos de lo acontecido. - Mantuvo su pregunta en el aire, ladeando la mirada hacia las espaldas fornidas de su acompañante, sin obtener ninguna clase de respuesta por su parte. - Marius ... -. Pronunció su nombre para reclamar una respuesta, o cuanto menos una cierta señal de atención hacia su persona. En su lugar el inmortal detuvo su caballo para resoplar y bajar del mismo. Tomo las riendas y las ató al tronco de uno de los árboles más próximos, en tanto que el malkavian le observaba. La mirada de Adrián se desvió hacia el horizonte del bosque, sin distinguir luz o cambios significativos que delataran la presencia de un enclave a tener en cuenta.
- Hemos llegado, deja el caballo aquí, junto al mío. - Volvió sobre sus talones para contemplar al erudito montado, quien descendió con cierta calma. El antiguo residente de Padua acompañó las riendas del animal y se las ofreció a su guía, para que procediera por sí mismo con su propiedad.
- No me gustan los nudos. - Ofreció como excusa, mientras mostraba una sonrisa cómplice y dental, realizando una alegoría a conocimientos que pudieran quedar entre las memorias de ambos viejos amigos. Marius sonrió en seco un breve instante, antes de adelantar la mano para hacerse cargo, mas en su lugar se encontró con la propia mano de Adrián. El malkavian soltó bruscamente las riendas y tiró del brazo de su acompañante para impulsarle contra su figura, y así  atravesar su corazón con una daga escondida en la manga. Suspiró por instinto a continuación, mientras el cuerpo incapacitado de Marius se desplomaba inmóvil sobre el suelo. Todavía recuperando el control tras su instintiva acción, repasó las arrugas del jubón con ambas manos, descendiendo la mirada al rostro en sopor de su presunto conocido. La daga seguía clavada en el pecho del hombre, y no tenía intención alguna de retirarla en ese instante, no sin haber asegurado la situación. En el peor de los casos le dejaría allí para que el destino juzgara si debía ser consumido o no por el amanecer. No le habían gustado las vibraciones que Marius le había dado, y en aquellos tiempos en que las manos amigas se contaban a la baja, no deseaba arriesgarse más de lo que lo había hecho ya.

Miró alrededor para constatar que sus sentidos no percibían entidades próximas, y en aquél silencio nocturno únicamente perturbado por la inquietud de los caballos, procedió a arrodillarse para registrar el cuerpo de Marius. Sus manos repasaron ávidamente los pliegues de sus ropas, buscando en sus bolsillos y huecos. Nada revelador, monedas y un juego de llaves. Decidió quedarse ambas cosas, al fin y al cabo su precaución le había generado un nuevo enemigo, lo fuera de antemano o no. Se alzó entonces y se dirigió al corcel que había montado con intención de regresar a Heraklion, sin embargo este se encabritó, relinchó, y finalmente se alejó corriendo al galope. El malkavian maldijo para sí mientras sacudía las manos cansado, lamentando crecientemente haber mantenido correspondencia con el futuro montón de cenizas. Se aproximó al segundo caballo y acercó las manos a las riendas, para dejar ambas manos próximas al nudo que ataba las mismas al árbol. Aborreció la mirada y dejó caer ambas extremidades. "No me gustan los nudos", repitió para sus adentros, tal fuera una suerte de mantra que estuviera amargando su vida. Ascendió la mirada a los cielos, sabía que la noche aún persistiría un tiempo, pero no lo suficiente para alcanzar a pié un refugio adecuado.

Dispuesto a probar suerte decidió avanzar lentamente hacia el sur, siguiendo el camino hacia las ruinas de Cnosos. Pronto pudo entrever que efectivamente habían llegado a su punto de destino, pues apenas recorridos unos metros las primeras piedras ruinosas se dejaban ver, desperdigadas entre la maleza, rodeando lo que otrora hubiera sido la localización de un palacio. Adrián abandonó los bosques para internarse en el claro, la naturaleza había crecido con fuerza a su alrededor, cubriendo la curiosidad del hombre que antaño la había abandonado. Rodeó uno de los muros quebrados, cuyas bases apenas se mantenían en pié, para quedar detenido frente a una apertura en el cuerpo derruido del palacio. Se trataba de una cavidad abierta, cuyas escaleras descendían a su interior. Resultaba evidente que aquello había sido despejado recientemente, o cuanto menos hacia poco en comparación al resto de las ruinas. La curiosidad se apoderó de su persona, y sus expectativas se habían reducido lo suficiente mediante sus acciones como para renegar del camino más evidente en este preciso instante. Miró a ambos lados, contemplando las siluetas tétricas del enclave abandonado, para finalmente descender lentamente los escalones hacia las entrañas de aquél palacio, redescubiertas recientemente por alguien o algo. Esperaba de todo corazón que fuera obra de Marius, y que este hubiera encontrado un legajo del pasado que hubiera decidido compartir con él de forma urgente, que su interés por la caja que había sustraído a su anterior aliado fuera en esa línea peregrina, pero todo aquello no eran más que delirios para controlar una situación desatada, la que era su existencia. Una existencia que sin duda no había hecho más que ir a peor desde el pasado año.

Encorvó levemente el cuello, mientras buscaba distinguir en la oscuridad merced de la sensibilidad sensorial que era capaz de adquirir. Su oído se agudizó hasta el delirio, en tanto que su mirada atenta era capaz de descubrir las más finas motas de polvo desplazándose por la brisa entrante. A sus espaldas escuchaba el pesado friegue de su ligera tela acariciando los escalones. Las suelas de sus botas producían un eco constante, a cada avance, y ese eco le ayudaba a conformar una imagen mental de las dimensiones del corredor. Su avance fue constante y cauteloso, hasta dejar la escalera atrás. Apenas había avanzado un par de metros, pero sus sentidos acababan de hacerle consciente de la existencia de una presencia en el interior de aquella gruta. Su aura pesaba en el ambiente, se encontraba escondido pero no podía disfrazar su esencia ante un experto una vez tan cerca. Adrián supo desde ese momento que aquello se encontraba debilitado, quizás despertado recientemente tras un largo letargo. El malkavian no necesitaba mayores emociones, varias ideas acudieron a su mente, pero solo la de dar un paso atrás para replegarse convenció su cuerpo. Prefería mil veces arriesgarse a alcanzar las villas antes del amanecer que a descansar cerca de esa cosa. Su pié fregó el suelo para retroceder, pero una voz lejana le instó a no hacerlo. Nadie la habría escuchado, fue apenas un susurro, pero los sentidos del malkavian la captaron con nitidez.

- N a d a n u   i g i s u m   a n a   s e p i y a . . . -. Las palabras no encajaron en los vastos conocimientos del erudito, la lengua expresada escapaba a cualquier idioma que fuera hablado en el mundo conocido desde hacía mucho tiempo. Eran palabras de la vieja Sumeria, el mero desconocimiento y la autoridad con que aquél susurro parecía creerse investido fueron suficientes para detener la retirada de Adrián. Una vez más había que jugar. Sus pasos se adentraron lentamente en la gruta, dirigiéndose hacia su anfitrión.
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Re: EL LEGADO DE ERCIYES

Mensaje  Legado el 10.06.15 12:43



A lo largo de dos largos años la Revolución había cursado grandes logros en el Occidente, sus victorias habían alimentado el desafío de un mayor número de vampiros, e incluso Antiguos y Matusalenes espontáneos se habían adscrito a la nueva línea de pensamiento. ¿Cómo podía, no obstante, una línea de pensamiento agrupar tantos y tan diversos intereses? La respuesta era simple, la ausencia de un fondo ideológico real había permitido que, cualquier vampiro frustrado o desencantado con el curso de los acontecimientos, se alzara creyéndose un revolucionario, o cuanto menos tomando su estandarte por su propia causa. El modelo occidental de revolución, propiciado por Gratiano, se había extendido como la pólvora por un continente roto y ávido de cambios. Su propia desaparición del escenario bélico había permitido que los anarquistas y demás fuerzas revolucionarias quedaran independientes de cualquier cadena de mando, por lo que lentamente el poder y la fuerza real se habían convertido en las únicas fuentes de autoridad en los territorios liberados de los viejos regímenes. La falta de organización central dificultaba la colaboración entre células y asambleas, que incluso en ocasiones terminaban enfrentadas, pero también había convertido el fenómeno en un efecto viral que no hacía más que ganar territorio y expandir sus fronteras. El fracaso de Lugoj en Schwechat contra la naciente Camarilla, así como su derrota en Varna contra las fuerzas a Haqim le habían desmerecido totalmente como líder. Desde entonces los Tzimisce habían adoptado un enfoque defensivo, y mientras sus fuerzas mermaban noche tras noche, cazadas por sus muchos enemigos, había quien pronosticaba ya el fin de otro Linaje. Goratrix sabía que la Orden de Tremere estaría especialmente ocupada quemando y extinguiendo los nidos balcánicos de los Demonios, persiguiéndoles ciudad a ciudad, villa a villa.

El viejo senescal de Ceoris, el gran enclave oculto del Clan Tremere, había pasado demasiado tiempo apartado de las cúpulas de poder de la Orden. El Consejo Interior le había enviado a Francia siglos atrás, y el arcano no había perdonado. Él había capturado la esencia de la Vitae, él había diseñado el rito por el que los primeros magos de la Orden se convirtieron en Hijos de la Noche. Había guiado a Tremere hacia la gloria, y finalmente había salvado al joven Clan de su pronta extinción al crear las Gárgolas, un ejército capaz de enfrentar las hordas de slazchtas y otras criaturas con que el Clan Tzimisce intentó reducirles a cenizas. Había sido pionero y vanguardia de lo que eran ahora, escudo de lo erigido en sus horas más bajas, y pese a todo había terminado convirtiéndose en el regente de la Orden en Francia, tal aquello fuera alguna clase de honor. Exilio sonaba más adecuado y veraz en su mente, sin duda merced del temor que despertaba su talento según su propia óptica en los demás líderes. Goratrix lo había visto claro, no podría alcanzar las metas que por derecho le eran merecidas, no mientras sus antiguos hermanos fundadores del Clan siguieran poseyendo el control. Aprovechando el caos revolucionario había jugado de forma arriesgada, se había apartado de la Casa de Tremere para fundar su propia Casa, sin embargo sus antiguos compañeros no se habían quedado quietos durante demasiado tiempo. Todo miembro de la Orden estaba controlado desde su aceptación, no solo bebían la sangre de los fundadores, sino que además les era extraído un vial de su sangre inmortal para poder tomar represalias mediante ritos de darse una traición. Goratrix se había asegurado en su día de que ese vial no existiera en su caso, pero no podía decir lo mismo de sus seguidores. La mayoría de ellos permanecían en la sombra, por temor a las consecuencias, pues aquellos que se habían postulado abiertamente habían recibido justicia sumaria por parte del Clan. Si Goratrix deseaba desafiar verdaderamente al Consejo Interior tenía que quebrar la base de su poder.

Y allí estaba, paseando tras tanto tiempo por los grandes y sobrenaturales salones de Ceoris. Resultaba increíble el modo en que aquella fortaleza arcana había sido construida, el inmortal era consciente de que en el exterior el atronador sonido de la guerra debía ser ineludible, pero en aquellos pasillos el silencio era total y relajante. Era como hallarse en otro mundo. Sus pasos eran pausados, Goratrix no tenía ninguna clase de prisa, mantenía las manos cómodamente tras la espalda, mientras rememoraba los viejos tiempos en que entre sus honores había figurado el de gobernar aquella maravilla arquitectónica. Quizás ya no era así, pero seguía sintiéndola suya, y nadie en el mundo podía evitar que entrase sin ser descubierto pues conocía bien todos sus secretos. Su ornamentada y oscura túnica de mago realzaba la fuerza de su presencia, habiendo dejado su capucha descansar sobre los hombros para descubrir el rostro. No era un hombre viejo en apariencia, pero su aspecto demacrado le hacía parecer mayor. Arrugas marcadas y unas ojeras caídas se sumaban a la dureza de un rostro marcado y arisco, carente de mejillas generosas, o de cualquier signo de suavidad armónica. Su cabello oscuro caía generoso hasta la nuca, siendo su cantidad y azabache color el único rasgo de juventud. Su rostro era pálido, pero se encontraba iluminado en rojo no obstante. Se encontraba rodeado de estanterías y estanterías, un largo desfile almacenado de viales de sangre, tan solo iluminados mediante la magia arcana que imbuía el salón. Allí estaban todos, todos los cerrojos que el Clan había impuesto a sus chiquillos desde sus inicios. Los labios de Goratrix obtuvieron una plácida sonrisa al acariciar el éxito de su idea, pues con un simple gesto su voluntad destruiría todos y cada uno de los frascos, echando a perder su cometido. Estaba convencido de que parte del Clan se mantendría unido, y que tarde o temprano la mayoría de esos viales volverían a decorar tan opresivas estanterías. Pero aquellos que no lo hicieran, aquellos que supieran que eran libres y decidieran cambiar de bando, lo serían ya hasta que el viento se llevara sus cenizas.

Tremere y el resto debían encontrarse fuera, protegiendo las Torres de la legión de gárgolas con que había decidido asolar el enclave. No solo sus constructos, sino también anarquistas y otras fuerzas se habían decidido a participar en la purga de Ceoris. Goratrix les había prometido la victoria, aunque en realidad no había posibilidad ninguna de alcanzarla. Su ejército era un señuelo, solo necesitaba una distracción lo suficientemente creíble como para entrar y obrar a su gusto sin que nadie le molestara. Finalmente la figura del arcano se aproximó a uno de los viales al azar, situando su analítica mirada sobre el críptico código con que este había sido marcado para censar la identidad del donante. Había poca fe en la lealtad natural de un inmortal, nada se dejaba al azar. Goratrix alzó la diestra y lo tomó delicadamente entre sus dedos, contemplándolo unos instantes antes de volver sobre sus pasos. Desvió la mirada hacia la inmensidad del salón, contemplando cómo se permutaban los viales bajo su mirada, y entonces alargó lentamente el brazo y relajó su mano permitiendo que el frasco cayera y se quebrara contra el suelo. En ese mismo instante, tal se produjera una réplica de lo acontecido con aquél primer vial, todos y cada uno de sus hermanos de cristal estallaron a un mismo tiempo ante la inexpresividad del vástago. Rápidamente los suelos se habían llenado de sangre y vidrio. "Todo sigue ahí", pensó, y aquello no le hizo gracia. No había llegado hasta ahí para dejar sus planes a medio hacer, y era plenamente consciente de que difícilmente iba a gozar de una segunda oportunidad. Su lengua siseó y exclamó dos palabras de su propia obra y poder, moviendo ambas manos en un gesto marcial. Su voz encontró un poderoso eco entre aquellos muros, antes de que vidrio y sangre mutaran para tornarse hielo y agua. El arcano conjuró un giro de muñeca en alto y exhaló un concepto ahogado que aumentó gravemente la temperatura de la materia, provocando que todo se llenara inmediatamente de vapor. Un calor blanco y neblinoso inundó la vista y la distancia, para lentamente disolverse y quedar de todo ello una única y diminuta esfera de cristal sobre el índice de Goratrix. La tomó en su palma y la guardó entre los bolsillos de sus túnicas. No habría de preocuparse más por aquello.

Sonrió para sus adentros, estaba complacido con el plan que había llevado a cabo. Su figura tenebrosa se dirigió hacia las puertas de salida y estas se abrieron bruscamente para él, resintiendo las bisagras. Todavía podía encargarse de una última cosa antes de abandonar Ceoris, darse un último gusto. Sus pasos siguieron adelante durante unos breves instantes, antes de detenerse y desvanecerse repentinamente de aquél corredor. Su figura apareció en otro lugar, emergiendo de entre las tinieblas en alerta para constatar que no había cometido ninguna imprudencia. El laboratorio de Tremere parecía desierto. Situado en el último y más elevado nivel de la Torre Mayor de Ceoris, se trataba de una enorme estancia circular desde cuyos balcones exteriores podía dominarse la visión de la fortaleza y sus alrededores. No había apenas fuentes de luz activas allí, sus mesas y escritorios permanecían en penumbra, de igual modo que lo hacían sus bibliotecas y mobiliario ritual. Se aproximó al escritorio que solía emplear personalmente durante su etapa de senescal, y buscó en él signos de uso por parte de Tremere. No los había, aquél escritorio estaba siendo utilizado como cualquier otro. "Por supuesto", reflexionó, al fin y al cabo el líder del Clan era demasiado orgullos para sentarse en la misma silla que hubiera sido antaño de Goratrix. Recorrió pacientemente la disposición del laboratorio, acariciando las maderas de cada mesa, buscando alguna clase de señal que llamara su atención. Finalmente un tintero y un juego de plumas desperdigadas sobre una de ellas terminó por atraerle. Posiblemente el asalto al enclave había tomado por sorpresa a su viejo maestro mientras escribía. Silenciosamente apresuró sus movimientos y se inclinó tras el escritorio, rebuscando ávidamente entre sus cajones. Extrajo un pesado libro encuadernado de uno de ellos, comprobó el símbolo de la Orden en su portada y verificó por páginas al azar que se trataba del diario de Tremere. Nada como conocer sus pensamientos de primera mano para mantener vivo y ardiente el pulso que estaba por venir. "Las prisas, que error tan estúpido por vuestra parte, decepcionante, pero previsible". Conjuró una cadena en el tomo y lo ancló a su cinto, para no tener que cargarlo durante más tiempo entre sus manos.

Se aproximó a los ventanales del laboratorio, que lo rodeaban por completo de forma acristalada. A través de ellos se contemplaba el espacio infinito, se trataba por supuesto de un conjuro. Otorgaba una atmosfera de calma idónea para el estudio, y además protegía del Astro Rey durante las horas solares. Goratrix movió su mano de forma tensa, como si arrancara un velo, para provocar que la ilusión se desmoronase por sí misma. Arqueó ambas cejas al contemplar como un enorme dragón de carne constructa se encaramaba a una de las torres distantes de la fortaleza, y a continuación arrojaba una bocanada de fuego sobre sus defensores. ¿Se había unido Lugoj a la fiesta? No, aquellas no eran las formas de los revolucionarios. Posó ambas manos sobre los pomos de una de las portezuelas de vidrio y las abrió para salir a la balconada. En el mismo instante en que el aislamiento del laboratorio se quebró terminó igualmente la protección de Ceoris respecto al sonido exterior. Los oídos del inmortal captaron de repente el caótico eco de la guerra, sin duda mucho mayor y desesperado del que había esperado o planeado. Sorprendido se aproximó al abismo, reposando ambas manos sobre los límites del balcón para inspeccionar el estado del asedio. Sus gárgolas parecían haber conseguido más de lo esperado, la Torre de Oriente se había quebrado en dos, y ahora restaba humeante, rodeada por explosiones y destellos de poder. Sin duda la única razón de su gran éxito se debía a la imprevisible intervención de su inesperado aliado de batalla. ¿Pero quién? Paseó lentamente, completando el círculo que rodeaba la torre con interés. Numerosos grupos mercenarios se abrían paso por los patios de Ceoris, con emblemas helvéticos, mientras un regimiento acorazado de slazchtas presionaba en la Torre de Fuego. Un poderoso rugido quebró los cielos, un gutural sonido de venganza procedente del temible dragón de vísceras, que saltó de una torre a otra en ese instante, provocando que la primera se resintiera estructuralmente. Resultaba tan imposible, tan absurdo, que incluso se permitió el derecho a sonreír abiertamente, no obstante su abstracción fue borrada de inmediato. Una enorme fuerza propulsó su figura hacia el interior del laboratorio, atravesando violentamente los cristales del ventanal para llevarse por delante varios escritorios y sillas. La figura de Etrius se adentró en el salón, desguarnecido de su habitual pulcritud merced de quemaduras y heridas mal cicatrizadas. Sus ropajes y túnicas conformaban una maraña de harapos desorganizada, manteniendo como férreo muro de defensa un báculo de hierro entre ambas manos. El más leal de los discípulos de Tremere había alcanzado la inmortalidad a la misma edad que Goratrix, sin embargo físicamente se encontraban en polos opuestos. Etrius siempre había sido de curvas generosas y rasgos inocentes, la forma de su mandíbula apenas quedaba perfilada sutilmente por el recortar de sus patillas, mientras su cabello caía lacio y oscuro hasta sus espaldas. Claramente no estaba contento.

- ¿Cómo os habéis atrevido? Habéis violado el secreto de Ceoris, ¡este lugar no será seguro nunca más! -. El arcano bramó con la indignación del que es incapaz de comprender las medidas de un enemigo. Entendía la rebelión de Goratrix, siempre le había considerado la oveja negra de la Orden, pero siempre había considerado que las intenciones del arcano rebelde eran las de dar un golpe y ocupar el liderazgo del Clan. Aquello, lo que estaba ocurriendo, era un total despropósito. Goratrix apoyó su diestra en una de las sillas tumbadas junto a él para ponerse en pié lentamente.
- Yo cree Ceoris, vuestro cerebro debe restar carcomido por la estulticia si creíais que podríais retenerla sin mi consentimiento. De todos modos deberíais haberos preparado para el asalto de los anarquistas, tarde o temprano debía suceder. -. Una vez recuperada su compostura procuró erguir la figura. La mirada de Goratrix contempló el báculo de su enemigo y finalmente retornó su atención a los ojos del mismo. Los labios del rebelde eran firmes, pero junto al brillo de sus negros ojos parecían ocultar una pequeña sonrisa desafiante. Etrius sin embargo frunció el ceño.
- ¿Anarquistas? ¡Habéis traído al Inconnu insensato! Tremere jamás debió permitiros retener este Don, debisteis morir largo tiempo atrás. -. Las manos del servidor de Tremere se levantaron para inclinar su arma arcana, enfocando el apéndice de poder de su vara de hierro hacia la posición de su interlocutor. Aquello era un interesante giro de los acontecimientos para Goratrix. Que el Inconnu no solo fuera real, sino que permaneciera operativo era toda una sorpresa. No podían catalogarse de aliados, desde luego tratar con ellos era una hoja de doble filo. Y aunque la situación no era especialmente halagüeña tampoco iba a perder la oportunidad de amargar a Etrius tras tanto tiempo sin ese placer.
- Bueno, pasáis por alto que fui yo quién permitió a Tremere retener este Don, y que si hubiera muerto tiempo atrás en primer lugar jamás hubiera existido Ceoris. Y sinceramente, desde que no estoy por aquí me aterra la dirección de los acontecimientos. ¿Celestyn muerto? ¿La Capilla de Viena saqueada? Estáis perdiendo el control.

El rin tintín de Goratrix concluyó con el enérgico movimiento de Etrius, propulsando una nueva fuerza mental contra el arcano rebelde para someter su figura contra el suelo. El traidor estaba preparado a esas alturas, sin embargo, y no iba a ser tomado de nuevo con la guardia baja. Gritó amenazante y abrió los brazos para repeler la magia de Etrius con la suya propia, generando un choque de energías que fue suficiente para volar en pedazos los ventanales y arrastrar parte del mobiliario en todas direcciones, desordenando por completo el anteriormente inmaculado salón. Los dos arcanos se tambalearon brevemente tras aquella explosión, volviendo a la carga en el mismo instante en que pudieron recuperar el control sobre sus cuerpos. Goratrix ejecutó un bofetón abstracto al aire, provocando que Etrius tuviera que desviar con su báculo uno de los escritorios, propulsado violentamente contra su posición. Aquella necesidad defensiva fue aprovechada inmediatamente por el rebelde, que apretó los puños con una mueca de ira jubilosa. La sangre de Etrius comenzó a arder intensamente, dañando con rapidez su organismo e integridad. Su cuerpo desapareció de inmediato, privando a Goratrix del contacto visual para mantener su hechicería, en su lugar apareció por su flanco, golpeándole con un poderoso empujón cuya gravedad le forzó a caer súbitamente espalda contra el suelo. Etrius posó el pié sobre el pecho de su enemigo y le atacó con su báculo mediante, tal fuera una lanza. El apéndice golpeó la mejilla de Goratrix y empezó a emitir un rio de llamas, provocando que este ejecutara un rápido conjuro para envolver al siervo de Tremere en un escudo arcano de poder, y que de este modo el fuego quedara atrapado con él, forzándole a detener su agresión. Para cuando Etrius pudo deshacerse de ambos efectos su mirada recorrió visceral el escenario de combate, Goratrix se había ido.

La figura del mago oscuro se alejaba ahora bajo capcuha, a través de los bosques que rodeaban la legendaria Ceoris, la mayor fortaleza del Clan Tremere había dejado de ser un mito para pasar a las páginas de la historia. Su poder y refugio se desmoronaban para siempre, destinada a ser pasto de las llamas. Goratrix sabía que nunca existía nada igual para la Orden, se había cobrado una venganza mucho más allá de sus propósitos primeros. Había arrojado al Consejo a los brazos de la Camarilla, que serían su única carta de supervivencia. Aquello no gustaría a los sectores más independientes y tradicionalistas, que verían perturbado el equilibrio de poder entre la estructura del Clan y la autoridad de la Secta. Había favorecido a Meerlinda y debilitado a Tremere, y a su vez se había asegurado de que existiera un caldo de descontento suficiente del que sustraer suficientes miembros para su Casa. Las cosas iban a cambiar.
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Re: EL LEGADO DE ERCIYES

Mensaje  Legado el 11.06.15 13:07



Tres años eran un suspiro para la vida de un inmortal, una gota de agua en un río de experiencias, pero no por ello el tiempo iba más despacio. Tres años eran suficientes para que ocurrieran y cambiaran infinidad de cosas, y de hecho así había sido. Tres años atrás la familia Giovanni era una línea de sangre dentro de un gran Clan vampírico, una rama ambiciosa en un árbol decadente y anciano. Ahora, por el contrario, se habían liberado ya de sus cadenas y la podredumbre de los capadocios para ser dueños de su propio destino. Augustus Giovanni había ascendido al poder de los Fundadores, y con ello su sangre se había acercado más a Caín que la de ningún otro inmortal presente en el mundo. La destrucción de Ashur y su pacífica descendencia, así como la aniquilación de su sangre guardiana que eran las Lamias, habían generado consecuencias inmediatas. Desde ese mismo instante la indignación y el horror habían golpeado la Estirpe, y por ello el apellido Giovanni había quedado marcado para la Caza de Sangre allí donde se encontrare. Solo el Clan Assamita les había ofrecido el asilo y colaboración necesarias en Anatolia, siempre de forma supeditada a proseguir coordinadamente la aniquilación y entrega de los restantes enclaves del Clan de la Muerte. Sin embargo Augustus no había triunfado en su complot por inocente, y su confianza en los Hijos de Haqim era escasa. Temía que estos se giraran en su contra cuando dejaran de representar un recurso útil, por ello habían terminado abandonando la protección de los assamitas.

En la agenda del ahora Clan Giovanni existía una prioridad fundamental, y esta era sin lugar a dudas la de destruir cualquier vestigio superviviente de los capadocios, pero proseguir aquella persecución sin tregua podía terminar por debilitarles demasiado. Necesitaban recuperar su influencia, su zona, y dirigir un conflicto contra el resto de clanes y sectas que les convenciera de su legitimidad y fuerza como Sangre. El patriarca de la familia esperaba que la excepcionalidad del momento les concediera el espacio suficiente para actuar, y a verdad es que era de lo más probable que estuviera en lo cierto, al fin y al cabo no se había convertido en el vampiro que era a base de errores. Con ese fin la familia se había distribuido de forma acorde a aquellas expectativas, el juego era audaz y en consecuencia habían tenido que dividirse y actuar con cautela. Ambrogino, de la máxima confianza del patriarca, había sido designado para recuperar el control de Venecia. El matusalén había esperado una misión verdaderamente compleja, en tanto que de sobras era conocida la localización del centro de poder de su joven Clan, sin embargo pareciere que la confianza de sus enemigos así como sus propios problemas le habían allanado el camino. La Serenísima seguía bajo el control de un Dogo con el apellido Giovanni, los anarquistas no habían sentido la inquietud de quitarle de en medio, reticentes como eran a otorgarle importancia alguna al gobierno del ganado, y por otro lado los conservadores habían preferido aquél mal menor a propiciar una mayor inestabilidad en la zona, y favorecer de este modo un aumento del control revolucionario en la región.

Ambrogino había estado en el Palacio Ducal la pasada noche, había tenido ocasión de tomar por sorpresa a su ignorante pariente y revelarle un par de verdades sobre su ascendencia. Le había convencido de que todo le iría muy bien en el futuro si no ofendía a sus mayores, y aunque posiblemente el Dogo no podría dormir aquella noche se había asegurado el control de la República sin derramar una sola gota de sangre. Al final, como siempre, todo quedaba en familia. El inmortal había decidido dejar un día de margen antes de reconquistar la isla de San Michele, feudo y hogar de la familia. Ya que había llegado con discreción a la metrópolis, mantuvo así su perfil bajo mientras hacía uso de sus conocimientos y formas, como también utilizaría la fuerza concedida por su renovado títere de gobierno. El Matusalén descansó plácidamente durante las horas solares, en tanto que cinco cuadrillas de la Armada veneciana se encargaban de entrar y destruir los nidos revolucionarios conocidos, purgando rápida y discretamente su presencia en la urbe. A ojos del pueblo el ejército había intervenido en el desmantelamiento de una red de espías y traidores, razón por la que todos habían salido ganando. La popularidad del Dogo, la tranquilidad de la ciudad, y los cuellos de sus ciudadanos. Ambrogino sabía que aquello iba a molestar profundamente a las Asambleas revolucionarias de Italia, pero al fin y al cabo aquello era inevitable. A la noche siguiente los feudos anarquistas vecinos sabrían de lo acontecido y enviarían su respuesta, sin duda dispuestos a someterle por la fuerza. Ambrogino lo tenía asumido, como sabía también que el resultado de aquella refriega le iba a garantizar o no la paz que requería allí. Los revolucionarios requerían de todas sus fuerzas para enfrentar a la naciente Camarilla y su progresiva organización territorial, por lo que si demostraba una defensa estoica lo suficientemente inexpugnable presuponía que le dejarían en paz. Después de todo los éxitos de los exaltados se habían empezado a enfriar pasados tres años del violento brote. Las derrotas de Lugoj y la desaparición de Gratiano habían privado al movimiento de sus mayores empujes. Ahora, de la situación de perenne avance y éxito continuado apenas quedaba nada, muy al contrario la Camarilla estaba presionando las fronteras, e incluso había empezado a colaborar con los Monarcas Helena y Mithras con tal de frenar la marea anarquista, poniendo sus diferencias a parte por razones de peso mayor.

Y después de todo allí se encontraba, sentado sobre un cómodo aunque desgastado sillón forrado en terciopelo. Había dispuesto la silla justo a la entrada del fastuoso palacio familiar, tal fuera un anciano derrotado por una calurosa noche, buscando un poco de brisa y curiosidad callejera. Sin embargo por allí no pasaba nadie. San Michele no era llamada en vano "la Isla de los Muertos", su silencio y quietud eran solo comparables al gran cementerio que, de hecho, se encontraba entre sus costas amuralladas. Un hospital y una iglesia, así como el palacio familiar, completaban el resto de estructuras del feudo, el hogar ideal. San Michele no era solo famosa por ofrecer descanso a la mayoría de fallecidos en Venecia, sino que además poseía una de las mayores bibliotecas de Italia, bajo cuidado o confinamiento del Clan. Ambrogino gustaba de aquello, y de hecho solía ocuparse de engrosarla cuando disponía del tiempo y los medios adecuados. El hecho de que la biblioteca no hubiera sufrido daños ni saqueos le había complacido. De hecho el feudo de la familia no se había resentido demasiado por la ocupación. Había polvo acumulado, los criados habían muerto, los muebles formaban pilas desordenadas por cada rincón, pero lo importante seguía ahí, después de todo los verdaderos salones de la familia no habían sido profanados. Nadie solía mirar bajo la Laguna, pero ellos sí, pues la conocían palmo a palmo. Aquello les había permitido esconder gran parte de sus valores, y cosa curiosa, al recontar sus tesoros pareciera que tuvieran más de los que hubieran poseído en un principio. Quizás alguien más hubiera decidido guardar sus ducados bajo el agua en tiempos convulsos. El místico y andrógino semblante de Ambrogino mantuvo su oscura mirada sobre el horizonte, manteniendo la columna recta en su asiento. Contemplaba los oscuros y descuidados jardines del palacio, a la espera de que llegaran sus compañeros a "revolucionar" el ambiente. Se había protegido con una ornamentada armadura pesada, de un magnífico y elegante diseño local, colgando un manto rojo a sus espaldas. Aquello le favorecía y le otorgaba un aspecto regio, sin embargo en su opinión aquello que más le favorecía era la espada que guardaba enfundada sobre el regazo. Su empuñadura de oro sobresalía digna, conformada por el diseño de cinco serpientes entrelazadas que recreaban el agarre y la protección para la mano que la empuñara.

Mientras esperaba, viendo pasar las horas de aquella densa noche, se preguntaba por la situación de sus relativos, especialmente por el progreso de Claudius. Desde Erciyes el vástago había cambiado bastante, su eternidad ociosa había concluido, y se había convertido en una sombra que perseguía y ejecutaba a los supervivientes del Clan de Ashur. Resultaba complejo medir la cantidad de miembros que todavía pudieran quedar en pié, Ambrogino presuponía que la gran mayoría habían sido convertido en montones de cenizas a tales alturas, pero eran conocidas algunas excepciones. Estaba el consejero de Mithras, Thomas Camden, así como Lazarus en algun lugar, y el reducto de Amalia y los huidos de Anatolia, ahora refugiados en Constantinopla. Incluso aunque hubiera sobrevivido alguno más aquello no representaba a más de veinte inmortales. Y aún así no resultaba necesario eliminarles a todos para extinguir al Clan. Camdem era incapaz de engendrar progenie, merced de una inusual aflicción sobrenatural, Lazarus siempre había sido un alma errante y un cobarde. Sus rumores sobre su afiliación al Inconnu le habían convertido en la oveja negra entre los Capadocios, no habría de dar problemas. Simplemente exterminando el grupo de Amalia la purga podría darse por terminada.

Sus cábalas y reflexiones finalmente fueron interrumpidas por el sonido distante de los remos en el agua. Varias barcazas se aproximaron a los muelles privados de la isla, desembarcando de ellas varias decenas de figuras. Ambrogino arqueó suavemente ambas cejas mientras aguardaba sentado, considerando el excesivo número que iba a ser desperdiciado en San Michele. Sin duda alguna eran inmortales llegados de Mantua y Ferrara, de Padua y Verona. Una colección de revolucionarios dispuestos a cerrar el frente abierto de Venecia de un modo ejemplar. El veneciano, sin embargo, no se encontraba en absoluto amedrentado por aquello. Dudaba en exceso acerca de la existencia de tantos vampiros en la retaguardia de la Revolución, mucho menos que estos fueran vampiros con algún valor o experiencia. Probablemente aquello no era más que una desgraciada leva de emergencia, vampiros que quizás no llevaban más que unas horas descubriendo su nueva condición. No solo era un insulto, sino una verdadera pérdida de tiempo. Ambrogino se levantó de su asiento y colgó pacientemente en el cinto la espada que había dispuesto para el conflicto, no la iba a necesitar. A continuación avanzó hacia los jardines, mientras aquellas oscuras figuras, todavía anónimas recortadas entre la distancia de la noche, le observaban y emprendían una chulesca marcha hacia su anfitrión...

Ambrogino abrió los enormes portones de piedra que daban acceso a las cámaras secretas del Clan bajo la Laguna. Se encontraba empapado merced de haber tenido que bucear hasta la gruta adecuada, sin embargo el baño había tenido el efecto positivo de limpiarle de los restos de cenizas. Había sido una refriega profundamente aburrida. Cumplidos sus deberes ya se encontraba en posición de volver a poner en marcha la actividad del feudo familiar. Los enormes portones cubiertos en placas talladas de mármol revelaron los lujosos salones interiores de la fortaleza marina, todavía intacta y maravillosa. Un brillo sobrenatural iluminaba cada una de sus cámaras, merced de las luces espectrales que encendían cada uno de los candelabros presentes. No era un fuego convencional, sino aquél generado por los espectros y almas atadas al servicio de la familia. Los Giovanni habían descubierto la nigromancia siglos atrás, pero con el paso del tiempo habían tomado un control y proximidad tal con ella que finalmente habían empezado a emplearla de un modo cuasi insultante para sus siervos del otro lado. La nigromancia hecha rutina. Emprendió el camino hacia la Cámara de los Muertos, atravesando los corredores de la fortaleza con paso diligente. A medida que recorría aquella distancia iba deshaciéndose de las correas y ataduras de su armadura, permitiendo que las placas se desprendieran a su paso formando un reguero de metal. Para cuando su presencia alcanzara su objetivo ya solo le acompañaría la espada y su desnudez, apenas cubierta por los calzones que recorrían piernas y partes pudendas. La enorme cámara configuraba el espacio más representativo del enclave, y poseía una hermosa cúpula decorada, excavada en la roca submarina. No existían allí muebles de ningún tipo, ni tampoco formas o relieves que modificaran el plano del suelo circular. La Cámara de los Muertos era una estancia de poder que canalizaba energía y a su vez la contenía. Era el mayor tesoro del Clan, y también la llave de su plan maestro. Cualquier inmortal que entrara en aquella sala vacía no encontraría más que desconcierto, pero si tenía la fortuna o desgracia de poseer los dones del Auspex se sentiría avasallado por decenas de miles de almas encerradas a lo largo de los tiempos. Merced de los conocimientos sustraídos a los Capadocios los Giovanni habían aprendido a cincelar aquellas almas, y de aquellas habían nacido sus armas y armaduras, sus amuletos y objetos de poder. Los venecianos se habían tornado en los Artesanos de lo Muerto, y aquél secreto allí contenido era la columna vertebral de su fuerza, el as oculto que les permitía desafiar a poderes de mayor entidad.

El matusalén se adentró en la cámara hasta alcanzar su centro, y una vez allí alzó su arma para fijar la mirada en la hoja. Pudo contemplar como su poder se desvanecía lentamente, permitiendo que todas las almas consumidas y contenidas en su acero pasaran a engrosar las arcas sobrenaturales de la familia. Ambrogino sintió como crecía la fuerza espectral allí retenida, y pese a ello supo que no era suficiente. Aquellas decenas de miles eran solo la punta de lanza de los millones que el Clan iba a necesitar. Tardarían siglos en reunir tamaña cantidad, pero la recompensa se encontraba a la altura de los esfuerzos y sacrificios que debieran ser realizados. Ashur siempre había estado equivocado, sin duda atormentado por su consciencia débil en busca de redención y perdón. Había empleado todo su conocimiento en quebrar el muro emplazado entre la Tierra y el Cielo, en su desesperada voluntad de alcanzar al Creador y suplicarle, más Augustus había comprendido el verdadero potencial de tales estudios. Cuanto más beneficioso resultaría quebrar el velo que separaba el mundo de los vivos y el de los muertos. Aquella cámara algún día sería la brecha entre ambos universos, y entonces los Giovanni podrían gobernar como reyes, como dioses incluso, sometiendo ambos mundos bajo el poder de sus artes. Era sin lugar a dudas un sueño precioso, pero su triunfo se basaba en una serie de esenciales entre los cuales priorizaban conservar Venecia, conseguir una tregua con el resto de facciones de la Estirpe, y exterminar a los únicos conocedores potenciales de aquellos estudios. Si jugaban bien sus cartas y alcanzaban tamaños objetivos tan solo les quedaría esperar, viviendo en una neutral indiferencia política respecto a la Estirpe. Ellos jugarían su juego, mientras la familia preparaba las reglas y bases del nuevo.

Ambrogino descendió el gesto con la espada una vez esta quedó por completo desposeída de su carga, y procedió entonces a retirarse hacia la salida de la cámara. Sus pasos desnudos se consagraron al silencio de la cúpula, mas antes de que pudiera abandonar el salón la naturaleza de este vibró de fuerza, oscureciendo el ambiente. El veneciano se volvió sobre sus talones curioso, intentando vislumbrar qué ocurría, mas solo al comprobar cómo miles de almas se arremolinaban para conformar una réplica gigantesca del rostro de su señor lo comprendió. Todavía no se acostumbraba a los poderes semidivinos que había adquirido el patriarca del Clan, el alcance de estos le aterraba y complacía por igual. Hincó una rodilla en el suelo, desplomando su cuerpo, y mantuvo su inexpresivo rostro en total atención de lo que Augustus tuviera que decirle. El rostro espectral del presunto matusalén, ahora con el poder de los Antediluvianos, hizo sonar su voz en la cámara, apoderándose por completo del eco con su presencia.

- He tenido una revelación en mi descanso. Las memorias de Cappadocius todavía luchan por mantenerse ocultas y me son esquivas, pero el inexorable proceso de asimilación continúa inalterable. He visto la llave que hizo posible su titánica empresa. Existen unos pergaminos de gran poder, imbuidos en conocimiento primigenio, datan de los tiempos remotos en que se hacía llamar Sargon. Los Fragmentos de Sargon. -. Sentenció, arrastrando aquella última denominación para guardar una breve pausa. Su voz pausada se aceleró entonces, de forma demandante e imperativa. - Tarde o temprano resolveré los cerrojos que me impedirían comprenderlos, pero he de poseerlos de forma física. Cappadocius los entregó a Lamia para que esta los escondiera, he visto en sus recuerdos que ella a su vez los entregó a Serena. Su potestad es la de amplificar el poder de un ritual de un modo inimaginable, nuestro proyecto no tendría que verse completado en un futuro distante con tamaña reliquia. Todo podría pertenecernos por derecho mañana. Encuéntralos. -. Ambrogino levantó suavemente el mentón, visiblemente intrigado. La sola existencia de aquellos manuscritos acababa de despertar toda su motivación ultraterrena.
- En tal caso concluiré lo antes posible mis ... -. Su respuesta se vio cortada de raíz por un visceral grito que dominó la cámara. "¡Ahora!". El matusalén cerró los ojos, ligeramente sacudido por la tiránica autoridad del patriarca, mientras las formas espectrales de su rostro se desvanecían lentamente, sumiendo de nuevo la figura de Ambrogino en la más absoluta soledad. Se le había girado trabajo.
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Re: EL LEGADO DE ERCIYES

Mensaje  Legado el 12.06.15 14:37



La antigua Bizancio había sido un sueño en su momento, un pequeño sueño en una época de oportunidades en que todo parecía posible. La Estirpe apostaba y reunía alianzas para levantar grandes ciudades e influencias, esperando ser coronados Monarcas y hacer valer su prestigio por encima de los demás inmortales. Unas pocas dinastías de vástagos se repartían los territorios del continente, recreando redes clientelares separadas por el muro que dividía Altos y Bajos Clanes. La Segunda Ciudad había dejado una marca suficientemente honda para ver el intento de réplica en cada punto del mundo conocido, la mayoría de sus presuntas gemelas caerían por los fuegos de la guerra y el tiempo, pero solo una de ellas pervivía. Un símbolo, un estandarte, la Puerta entre Occidente y Oriente. No había existido jamás un proyecto tan próximo a reencontrarse con los milagros y las voluntades de la Segunda Ciudad, pero aquél proyecto había tenido un gran arquitecto, y ese gran arquitecto que era Miguel había caído entre las mareas de sangre de la Cruzada Amarga. Tras aquél asesinato Constantinopla perdió su estrella ascendente, pero la Estirpe perdió igualmente la inocencia de volver a creer en algo semejante. La frágil paz de los inmortales y sus sistemas se había venido abajo, empezaba con ello el tiempo de las grandes intrigas, el tiempo de una guerra interminable entre hermanos y linajes enfrentados. Dividida para siempre, la Sangre no volvería a reconocer una ciudad como centro de su raza, y en su lugar nacerían las fortalezas y Cortes que estaban destinadas a fragmentar y fomentar todavía más un inexorable conflicto. En aquél mar de espadas la Puerta había sido relegada a un segundo puesto, un mero dominio alejado de los principales frentes de la guerra, una pieza cualquiera del Mar de Sombras en manos de los Lasombra.

El Clan de las tinieblas había gobernado en la ciudad desde que Gratiano la había salvado para poner al frente al primogénito de Narses. Alfonso de Venecia había ostentado el título merced de su poderoso aval, aunque siempre con una comunidad reticente a aceptarle como señor. El estallido revolucionario había forzado al Elíseo de Bizancio a jurar lealtad por su benefactor oscuro, pero desde entonces mucho había acontecido. Gratiano se había desvanecido del conocimiento público, abandonado la Revolución tras el derrumbe de la Fortaleza de las Sombras en Siracusa. La desaparición del Matusalén había privado de su único respaldo al Príncipe Lasombra, quién inmediatamente había establecido contactos con las células de su Clan, así como con los grupos revolucionarios próximos a Constantinopla. El Príncipe Alfonso había jugado erróneamente su última carta, pues en lugar de claudicar en sus posturas y respaldarse en la voluntad del Senado, claramente estaba maniobrando para atraer apoyos personales que le ayudaran a mantener su autoridad en contra de la comunidad vampírica de la ciudad. Lugoj había intentado ganarse Constantinopla en 1444, con su fracasada cruzada, desvanecida por completo en la Batalla de Varna contra el Clan Assamita. Bloqueado para recibir auxilios, y tras cuatro años de guerra entre facciones a lo ancho y largo del continente, el tambaleo de los anarquistas dotó del último empujón al Senado bizantino para volverse contra su Príncipe. Los primogénitos planearon un golpe rápido y letal, dispuestos a aniquilar la presencia de los revolucionarios, así como el trono impuesto por Gratiano años atrás, sin embargo la ejecución del plan fracasó en sus objetivos vitales, y lo que debió ser un cambio en el poder se convirtió en una guerra civil en el mismo interior de una ciudad bajo permanente asedio por parte de los Hijos de Haqim.

A lo largo de dos meses y medio el Senado y el Príncipe llevaron a cabo una encarnizada refriega, que solo conseguiría debilitar aun más la posición Alfonso y sus hermanos de sangre sobrevivieron a los primeros asaltos, permitiéndose la iniciativa de capturar y ejecutar a la mayoría de miembros de la Primogenitura. Desde ese momento la guerra intestina no había conocido tregua alguna, no hasta el momento en que los seguidores del Príncipe se habían considerado en la desventaja suficiente como para tomar la senda del exilio. De la noche a la mañana el conflicto acabó, Alfonso y sus leales se habían retirado hacia el Eliseo de Rodas. Habían claudicado ante sus adversarios, y se vieron forzados a pagar tributo a los Assamitas con tal de preservar la independencia de su pequeño feudo, así como derechos de gobierno y regencia sobre el conquistado Elíseo de Halicarnaso. Aquella clase de prerrogativas se encontraban fuera de lugar, no obstante, para los cainitas resistentes en Constantinopla. No iban a rendirse a sus enemigos, ni mucho menos pagarles tributo por un derecho legítimo que les pertenecía de forma natural. Asran lo sabía, del mismo modo en que era plenamente consciente de la precaria situación de la ciudad. El conflicto no solo había perjudicado las fuerzas del Elíseo y su influencia, sino que igualmente había estado mermando el poder de la propia Constantinopla y sus recursos. Los censos hablaban por si solos, el miedo se contagiaba y debilitaba por igual. Era una epidemia silenciosa.

Sentado en su escritorio Asran contemplaba las cuentas y manuscritos a su alcance, todos los informes habidos y por haber se encontraban a su disposición. Había sido el único primogénito de Bizancio en sobrevivir a aquella interminable guerra, y consecuentemente era el inmortal de mayor rango en la ciudad hasta que se reordenara su gobierno. El Senado confiaba en su criterio, así como en su lealtad a la ciudad. Aún y ser descendiente de Malkav no era un insensato, y nadie dudaba de que sabría leer los tiempos y tomar medidas adecuadas. Seguía siendo un primogénito pese a todo, no le habían coronado Príncipe. Asran había entendido aquello, no iba a recibir esa autoridad y posiblemente el Senado esperaba de él que revocara la figura del Príncipe en la jerarquía en la urbe. El conflicto local contra el anterior no había dado demasiada buena fama a ese título. El Senado iba a ser la nueva fuerza predominante, y los Primogénitos se encargarían de aunar voces y convertir el clamor general en una línea de actuación inteligible. Aquello no tenía porque significar la renuncia a los principios de la Estirpe, ni mucho menos a las leyes que Miguel dejó como legado, pero no había figura con el carisma y apoyo suficiente para convertirse en Príncipe, y la experiencia de traer uno de fuera no había funcionado bien. Bizancio tendría Príncipe, a su momento.

Los números resultaban mucho más preocupantes que las discusiones políticas sobre rangos y títulos. Los tiempos en que Bizancio había sido hogar de más de medio millón de mortales no eran más que una lejana utopía para los recuentos presentes. El censo de mortales apenas alcanzaba los cincuenta millares, la ciudad se había vaciado lentamente, tal hubiera estado muriendo en los últimos años. Asran necesitaba mantener el control en las calles, y no precisamente del modo en que la guardia y el ejército manejaban, sino en las horas más oscuras. No podían permitirse una sobrepoblación de inmortales que sobrepasara la línea roja que marcaba la tradición, un cainita por cada mil mortales. No debía haber más. Las facciones envejecidas del malkavian se atormentaron mientras sus manos callosas masajeaban las sienes, enfrentando con la mirada el censo vampírico de Constantinopla. Había tachado los caídos, había tachado los exiliados, incluso había tachado aquellos que habían huido a lo largo del proceso. Eran todavía más de setenta cainitas, y aquello debiera alegrarle de cara a la defensa, pero lo cierto es que resultaba por completo insostenible con la situación de la ciudad. El censo tenía que reducirse a cincuenta, el resto tendrían que marcharse, desafortunadamente. No era una decisión fácil, y no podía dejarse llevar por ninguna clase de emoción al respecto, sino todo lo contrario. Debía ser más inteligente que nunca, y dejar dentro y fuera a las personas adecuadas. No podía quedarse únicamente con los más leales y fervientes, pues precisaba que aquellos que abandonaran los muros de la ciudad no huyeran del Egeo, sino que se convirtieran en agentes en la región, agentes que buscaran apoyos y convencieran a los demás cainitas de auxiliar la ciudad. Sin embargo tampoco podía quedarse con los mediocres, pues de ser así la ciudad caería sin remisión. Había que mantener nivelada la balanza.

Su mirada cansada acompañó la punta de su pluma, resiguiendo la hoja en que quedaban censados los capadocios refugiados en Constantinopla. Eran un total de dieciséis, doce eruditos y cuatro guerreras descendientes de Lamia. No podía enviar al exterior a ninguno de ellos. Aquellos muros les protegían de la extinción, su Clan no formaba parte de la estructura de la Camarilla, en tanto que no existía como tal, no eran revolucionarios tampoco, y los Giovanni aguardaban ansiosos a poder quitarles de en medio. Habían sangrado y muerto como todos los demás en la ciudad, se quedarían todos y cada uno. Precisaba a los Brujah, habían constituido la fuerza de choque en cada momento en que se les había requerido, y no necesitaba legionarios fuera sino dentro. La muerte de sus mandos les había desorientado, y habían sido duramente golpeados por la guerra, pero cada uno de los nueve supervivientes valía su peso en oro. Ventrue, Toreador. Las dos listas abrumaron levemente al primogénito, no podían quedarse todos. De los ocho miembros de la familia de los Antoninos marcó seis ventrue para quedarse, y a otros dos para abandonar la ciudad. Tenía que jugar con cuidado con los administradores, eran necesarios y su orgullo podría resultar perjudicial si se excedía entre sus filas. El peso de aquella criba iban a tener que soportarle abnegadamente los miembros del Clan de la Rosa. Trece toreador quedaban todavía en el interior de Bizancio. Asran mantuvo un gesto severo mientras marcaba a doce de ellos para la expulsión, dejando únicamente a uno de los artistas para permanecer allí. No podía dejar el Elíseo de Constantinopla sin la presencia de un primogénito de la sangre de Miguel, hubiera sido un insulto a su recuerdo. No obstante necesitaba provocar a Petronius. Los Toreador estarían seguros en Corinto, y requería de la ayuda de todos los micaelitas para salvar la ciudad. Se trataba de una maniobra arriesgada, pero no se iba a salvar Bizancio con un juego conservador. Con cierta seguridad en sus medidas expulsó de la ciudad con sendas marcas de tinta a los Tzimisce y al representante del Clan de Seth. Los Demonios no estaban preparados para un gobierno sin Príncipe, a sus ojos antiguos aquello no sería más que otra asamblea revolucionaria. Terminarían dando más problemas que auxilio, por lo que tomó aquella pesarosa decisión. Su opinión no era mejor acerca de la Serpiente, no convenían mas susurros velados en la oscuridad, había suficientes problemas de por sí. Requería de marcar a tres cainitas más, expulsó a un miembro de los Nosferatu, a dos de los cuatro Ravnos de Bizancio y a un miembro de su propia sangre, para dar ejemplo. Más de veinte expulsiones configuraban el marco que se había fijado. Ahora serían cincuenta.

Asran dejó los nuevos censos a un lado, apilando los manuscritos en el lateral del escritorio para desplegar el mapa político que configuraban los Elíseos de Europa. Mantuvo la izquierda sobre el pergamino tintado, como soporte, en tanto que su diestra recorría su superficie de forma plana para allanar sus formas. Dirigió la mirada al Elíseo de Venecia, arrugando ligeramente el gesto de sus labios. Cuanto bien le hubiera hecho tenerla de su lado. El continente se encontraba guarnecido por grandes poderes, fuerzas y facciones que eran todas ellas muy capaces de defender la ciudad y enfrentar al Clan Assamita. Sin embargo todas ellas se encontraban demasiado ocupadas en despedazarse unas a otras, y su presencia en la región era ciertamente irrisoria. E incluso siendo que poseían su presencia en el Egeo, incluso en tales circunstancias no podían evitar la confrontación. Atenas se encontraba en manos de la Camarilla, se trataba de su punta de lanza para mantener el contacto con el escenario griego. El Delfín, François Villon era su máximo representante allí, sin duda crispando el ambiente con los micaelitas, sus hermanos y vecinos en Corinto. Pedirles auxilio podía significar perder a Petronius y los seguidores de Miguel. Finalmente el malkavian alzó la mirada y contempló el tenso silencio que imbuía el senado de Bizancio. Setenta vástagos le contemplaban desde sus escaños y tribunas de mármol, una cámara de gobierno que antaño había llegado a acoger más de trescientos vampiros. En esos momentos la mayoría de asientos se encontraban tristemente vacíos, pero pronto lo estarían aún más. Asran se había olvidado por completo de ellos durante unos instantes, entregado por completo a la tarea que le había sido encomendada. Ahora aquellos rostros inmortales le observaban desde la esperanza y la reticencia, a partes iguales. El último primogénito de Constantinopla se levantó entonces, apoyando ambas manos sobre la mesa que había sido dispuesta en el corazón de la sala. Desvió su mirada hacia un punto y otro, y finalmente se dirigió al pleno.

La intervención del inmortal fue larga, tanto como difícil. La indignación de los grupos, la rivalidad entre puntos de vista, ninguna gravedad en la situación presente pudo evitar que las decisiones tomadas no laceraran el orgullo y planes de los allí reunidos. No era fácil expulsar a tantos vampiros sin despertar enfados, después de todo. Lo importante era que, al final de la noche, la calma habría regresado a la ciudad y el nuevo gobierno se habría asentado. Existía la aspiración de pasar de lo defensivo a orquestar una ofensiva, pero era un deseo visceral. No quedaba más que racionar fuerzas y solicitar toda la ayuda que fuera posible. No se encontraban en condiciones de derrotar todo un Clan, pero si poseían la tesón y la astucia para detenerlo todo el tiempo que fuera necesario. Al menos hasta que el resto de la Estirpe entrara en razón, al menos hasta que un bando se convirtiera en paladín de la ciudad y la salvara de convertirse en una nueva Roma tomada por los bárbaros.
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Re: EL LEGADO DE ERCIYES

Mensaje  Legado el 15.06.15 13:55


La densa oscuridad del Elíseo de Madrid comulgaba por completo con su inescrutable silencio. No existían candelabros u otras fuentes de luz entre sus muros, siendo que solo la Luna iluminaba de un modo tenue y siniestro algunos puntos concretos de sus pasillos y salones. Eran baños de sutil plata, pequeñas incursiones de color donde todo era negro y ciego. El Elíseo de la villa había pertenecido a múltiples clanes en el pasado, y nunca había destacado por su importancia o prestigio en la Estirpe. Existían múltiples enclaves en la península ibérica que ofrecían fortalezas mucho más sugerentes, o simplemente centros de poder cuyo renombre pudiera ser más significativo, pero el nuevo soberano de la región no tenía intención de adaptarse a lo viejo. Se había convertido en un intelectual del bando revolucionario, el antaño Príncipe de Roma se había sumado al bando que consideró más favorable en su momento, y ahora se encontraba en una posición nada agradable. Gratiano le había amenazado con grandes promesas, y había comprado su inactividad durante la Conspiración de Siracusa con gloria futura. En el fondo Moncada era consciente de que no había tenido otra opción, y que su supervivencia se había visto supeditada por completo a seguir el plan de aquellos monstruos que Lucian había tenido por progenie, pero las cosas habían evolucionado mucho tras la caída del fundador del Clan. Gratiano y Montano habían desaparecido por completo, y a razón de haberse llevado al Consejo por delante habían conseguido descabezar por completo a los Lasombra. Los matusalenes habían sido exterminados o se habían retirado muy voluntariosamente a un eterno letargo, con tal de no tener que presenciar la caída y desgracia de su legado. Moncada había poseído siempre el rango de Antiguo en las jerarquías de los Lasombra, pero a razón de su generación y balance de poder en relación a sus hermanos, posiblemente era lo más cercano a un líder que quedaba en las entrañas del Clan.

Madrid iba a ser el nuevo corazón de las Españas, así lo había decidido. Tenía que unificar los estados de la península bajo un mismo poder central, y Dios sabía que su proceder resultaría implacable hasta que así fuera. Su figura paseaba por el largo corredor que recorría el Elíseo desde sus aposentos hasta el despacho que había hecho instalar en la antaño habitación del Príncipe difunto. El pasillo se encontraba abierto al exterior, mostrando la ladera de la meseta sobre la que se encontraba construido. Se trataba de un monasterio humilde, distanciado de la villa misma, pero así era como el nuevo gobernante lo deseaba. Su perfil pálido recorría con paso sosegado aquella distancia, dejando que los intervalos de luz bañaran sus facciones de forma constante mientras avanzaba entre las columnas. Aquél que le hubiera visto en Roma no le habría reconocido en lo más mínimo. Sus encantos y disfraces tenebrosos, sus dobles y falsas apariencias habían sido dejadas a un lado, purgadas por el fin de la vanidad. Su rostro voluminoso mostraba una notable papada al descubierto, acorde a la grasa que conformaba su enorme figura. Se rodeaba de oscuras telas, de corte cardenalicio, que disimulaban hasta cierto punto su falta de atractivo dotándole de respeto presencial. Su persona no requería sin embargo de ningún abalorio, pues sus dones sobrenaturales inundaban con facilidad el lugar en que se encontrara. Sus ojos eran pequeños en proporción a su oronda cabeza, sometidos en tamaño por sus mejillas y frente, pero poseían un destello escarlata que inquietaba con facilidad. Su cabeza rasurada, ausente de cualquier rastro de cabello, solo se sumaba a la sensación dominante de sus facciones esféricas. Con ambas manos unidas sobre el pecho, perseguido en silencio por una escolta de tenebrosos siervos inmortales, Moncada mantenía ligeramente deformadas sus facciones en un grave pensar interior.

Los triunfos de la Camarilla eran crecientes, de eso no cabía ninguna duda a esas alturas. Su conveniente alianza con Helena y Mithras había borrado del escenario bélico uno de los mejores recursos estratégicos de los que disponían. Ya no existía división entre las líneas del enemigo, los Antiguos del bando conservador habían ejercido muy correctamente sus maniobras y planes para unificar sus bandos y lealtades entorno a una idea. En cierto modo lo único que habían hecho era copiar el modelo revolucionario, adaptándolo a las necesidades de sus valores, pero a diferencia de los anarquistas la Camarilla había forjado un líder, así como una sólida estructura de poder. Líder y Poder eran conceptos mal vistos entre los rebeldes, razón por la que cada región se había tornado progresivamente independiente, hasta el punto que las Asambleas parecían estar en guerra con el mundo por su cuenta y riesgo, a título individual. Incluso allí donde se había intentado instaurar el orden solo se había recibido rechazo y conflicto. En el sur de Francia las facciones revolucionarias se habían terminado enfrentando abiertamente, en desacuerdo permanente por el hecho de que la Rosa Amarga debiera o no ser heredera al control de toda la región. Aquella estupidez había mandado al traste el frente francés, se había pasado de debatir cual era el mejor curso de actuación para asaltar las Cortes del Amor a discutir cómo defender los últimos Elíseos conquistados. Venecia había sido perdida a manos de los Giovanni, quienes no solo se habían atrevido a reconquistar la ciudad, sino que habían tenido la osadía de recuperar todos sus territorios italianos, destruyendo las Asambleas en Tierras Continentales, así como expulsando a las fuerzas de Lugoj de las costas adriáticas. Era una situación humillante.

Ante aquello solo poseía dos sendas desde las que actuar, la primera era rendirse ante lo evidente y propiciar un encuentro con las delegaciones de la Camarilla. Quizás, si se adscribía a sus ideas y juraba la lealtad a la Secta antes de que sus fuerzas alcanzaran la península, podría conservar sus rangos y privilegios, o incluso formar parte de las altas jerarquías de la Camarilla. No podía negar que aquella perspectiva le había seducido eventualmente, pero era consciente de que no podría arrastrar a los suyos de nuevo a un cambio de bando. La suerte del Clan Lasombra se encontraba unido a la Revolución, y como tal si Moncada desertaba sabía que lo haría sin apoyos y en solitario. La segunda opción no era otra que cumplir con aquello que Gratiano le había ofrecido en su momento, guiar a los Lasombra hacia su nuevo destino y asentar las reglas modernas por las que el Clan pudiera perdurar y hacerse con el liderazgo de los rebeldes. Los portones de su despacho se encontraban apenas a cinco metros de su posición actual, mas decidió detener su figura por completo. La comunión de anónimas sombras que le seguían paró en ese mismo instante, pendiente de lo que su líder y mayor tuviera a bien hacer. Moncada mantuvo la vista en las puertas cerradas, alzando la voz en un tono de autoridad providencial, tal cada una de las palabras que fuera a decir debieran ser recogidas de inmediato en un memorando. No se volvió hacia sus seguidores, ni varió un ápice su posición, simplemente dictó su voluntad mediante.

- El enemigo ha pecado. - Su declaración fue vehemente, ejerciendo un tono paulatino que remarcaba cada palabra con un dominio noble del castellano. Si debía construir una idea sobre la que construir un poder nuevo, de voluntad piramidal, había conocido de cerca la mejor de las inspiraciones en Roma. - Hardestadt y su  cohorte de rameras se han separado del camino del Padre. Sus voceros han decretado de Caín un mito, que cainita es palabra réproba, y que los inmortales anteriores al Diluvio no son más que cuentos para perpetuar dinastías rancias de legitimidad extinta. Yo digo que ha vuelto la espalda a nuestros ancestros, y que es su deseo reescribir la historia para que nuestros valores carezcan de fundamento y verdad. No he de ver como la Estirpe se torna ignorante de su pasado, mucho menos como perpetua las tradiciones de sus mayores haciéndolas pasar por modernas y evolucionadas. Hago saber que la Revolución ha alcanzado su máximo desarrollo, y que solo a través de un nuevo empuje alcanzará su inequívoco destino.

Su figura viró lentamente hacia el horizonte que dominaba la meseta, contemplando aquellas tierras que ahora se encontraban bajo su administración. Había que fundamentar un pilar de poder capaz de enfrentar a la Camarilla, y para ello resultaba del todo imprescindible imitar su nivel de organización. Moncada era consciente de que los números se encontraban por completo favorables a su bando, pero que las cifras no ganarían la guerra por ellos si no eran dirigidas por una estrategia común. La independencia con que los Tzimisce habían obrado en el Este les había llevado directamente a una macabra sucesión de derrotas, del mismo modo en que poco a poco los territorios conquistados en Europa se desmoronaban ante el avance de los conservadores. Ya siquiera eran capaces de retener los dominios originales del Mar de Sombras, el Clan estaba colapsando pese a contar con el apoyo de miles de revolucionarios de todos los Linajes.

- Las Asambleas serán disueltas, y aquellas que se opongan consideradas el enemigo de nuestro destino manifiesto. Desde ahora la población inmortal en un enclave será conocida como Cofradía, y toda Cofradía deberá compartir la sangre de sus miembros entre todos ellos, para que así su lealtad y fuerza sea incuestionable en estos tiempos de emergencia. Los ritos de las Cofradías serán ejercidos por el Pontífice, impulsor y erudito en los valores de la Estirpe y nuestro ideario. De este modo ninguna Cofradía ignorará el conocimiento de sus mayores, por jóvenes que sean sus miembros. Caballeros serán nombrados para escoltar y proteger a los mandatarios de la revolución. Uno de ellos será el Templario, cuya función será la de guardar el refugio de la Cofradía y asegurar sus suministros y buen estado. Cada Cofradía será dirigida por un cainita, que permitirá la libertad de los hermanos, pero observará que las leyes y tradiciones, los ritos y preceptos, se cumplan de forma ejemplar. Recibirá este el título de Castellano. -. Calló unos instantes, tras haber ordenado el modo en que debieran ser reorganizados todos los Elíseos  y sus jerarquías. Aquello no era suficiente, sin embargo. Que cada dominio revolucionario se articulara de acuerdo a un cuerpo unánime de leyes e ideas conformaría unidad, pero todavía se requería emular un control superior que trascendiera los viejos Elíseos, del mismo modo que la Camarilla había recreado su Círculo Interior. Moncada sabía, a la par, que jugaba con fuego. No podía crear autoridades opacas y tiránicas, del mismo modo en que hacían tranquilamente los conservadores, sino que debía preservar las libertades y derechos de igualdad que había pregonado e instado Gratiano para obtener el apoyo masivo de las generaciones jóvenes y los inmortales frustrados por siglos de inmovilismo político. - Se creará un Consejo de Maestres, formado entre los mayores eruditos de la Revolución, a cuyas filas podrán acceder aquellos que demuestren gran sabiduría. Los Maestres tendrán las obligaciones de enseñar a los Pontífices menos expertos y formarlos, por ello tendrán la licencia de recorrer los territorios y dominios de la Revolución con el objetivo de asegurar la calidad y erudición presente en cada Cofradía. Su Consejo reunido, además, deberá engendrar ideario y sendas de actuación sugeridas de forma acorde al espíritu revolucionario. De forma paralela se creará inmediatamente una Inquisición, cuyos miembros los inquisidores sean tomados de entre los más fanáticos y probados devotos de entre nuestros rangos. Los inquisidores se encargarán de recorrer los dominios leales, y asegurar que los mecanismos de gobierno y sus derechos se ejercen correctamente. Finalmente cada gran región de Cofradías contará con un Cónsul, un inmortal a cargo de extensos territorios para aunar las estrategias de los Castellanos y sus Cofradías. Estos cónsules obedecerán por último al Regente, líder legítimo de la Revolución. Su potestad será la de dirigir la estrategia global, así como la de recibir lealtad de cada uno de los rangos inferiores.

Todo aquello había sido menos espontáneo de lo que sin duda había pretendido que pareciera, pero no era lo mismo pensar en algo que pregonarlo para ordenar su cumplimiento. Sabía que aquella clase de estructura gustaría al Clan de las Sombras, y que sus hermanos le seguirían, así como harían posible que el resto de Sangres revolucionarias se sumaran al proyecto. Pero no podía quedar todo en una maraña de rangos y jerarquías, era preciso asentar una serie de reglas básicas para que todo aquello funcionaria debidamente. Al fin y al cabo con la división existente no sería sencillo aunar criterios para el surgimiento de líderes espontáneos respetados por todos los bandos presentes entre anarquistas y revolucionarios de sensibilidades varias. Volvió sobre sus pasos con el objetivo de observar a su comitiva por vez primera en el transcurso de aquél monólogo dictado a sus atenciones, mas en lugar de encontrar aquella imagen que esperaba cargó con una visión muy distinta. Los cainitas se habían distanciado, ocultándose entre las sombras a lo largo del pasillo, desde un cobarde respeto hacia la figura que se había manifestado. Gratiano avanzó hacia Moncada mientras este quedaba paralizado por su presencia. Cuando el Matusalén se encontró justo ante él, el español tuvo reacción de retroceder, mas solo chocaron sus espaldas contra la columna más cercana. El antiguo Craces sonrió ténuemente, antes de apoyar ambas manos sobre la balconada del corredor, y separó entonces su mirada escarlata de las redondas facciones de Moncada. El soberano de Madrid sintió profundo alivio, y entonces intentó iniciar conversación más la voz de su mayor se anticipó desde una calma cargada de paciencia, dejando fluir sus palabras en tanto su atención quedaba fija en la distancia. Los vientos de la meseta empezaron a soplar con una fuerza salvaje y elegante, meciendo las telas y cabellos de los presentes.

- Me agradan vuestras ideas, Luís. Espero que no hayáis considerado proclamaros Regente. - La cabeza de la criatura milenaria se desvió suavemente hacia las facciones de su sorprendido interlocutor, en tanto arqueaba ambas cejas y apretaba el labio en una expresión burlona que desaconsejaba claramente esa línea de pensamiento. Finalmente, y antes de que Moncada pudiera replicar cualquier pensamiento o consideración al respecto, Gratiano se limitó a volver la vista hacia el paisaje nocturno de Madrid, dejando claro aquello que esperaba. - Tenéis que dejar que las cosas fluyan por si solas, los inmortales han de encontrar su nuevo destino en base a hechos probados, han de explorar sus límites. - Su sonrisa se ensanchó suavemente, mostrando los colmillos en tanto que erguía la columna y abandonaba aquella posición. Empezó a caminar hacia el despacho de Moncada, provocando que las puertas se abrieran ante él, arrastrando el peso de sus maderas con un sonido estridente. Una vez cruzó el umbral se detuvo y volvió la mirada hacia atrás, observando al antiguo Príncipe de Roma todavía en su posición anterior. Con un simple gesto de brazo le invitó a entrar, recreando un grácil arco hasta terminar enfocando el escritorio en el que había de tomar asiento. La figura oronda que era Moncada se apresuró con cierta tensión, pasando ante la presencia de la Revolución hecha persona mientras esta seguía hablando.
- Monomancia, quiero que comprendáis mi deseo expreso acerca de este concepto para convertirse en un verdadero "auctoritas ritae". A lo ancho y largo del mundo inmortal la revolución se desangra irremediablemente, es una pérdida de fuerza que puede detenerse. A través de ese rito cualquier vampiro podrá desafiar a cualquier otro para obtener su cargo. Un duelo de fuerza y experiencia que concluirá con la diablerie del derrotado. Que no se pierda una sola gota. - Sentenció de forma burlona mientras cerraba las puertas con un leve gesto de mano y se aproximaba al escritorio en que había tomado asiento Moncada. Gratiano se sentó sobre la mesa, de forma distendida, y tomó una de las plumas para mojarla en el tintero y situarla en la diestra del amedrentado líder. - Vamos a escribir unas misivas, empecemos por Lugoj...
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Re: EL LEGADO DE ERCIYES

Mensaje  Legado el 16.06.15 13:28


La estrategia política en la Europa Occidental, que la Camarilla había llevado a cabo, empezaba a demostrarse un éxito. La expulsión de mayoría de las células anarquistas de Francia era un hecho, incluso la propia Rosa Amarga había tenido que exiliarse y abandonar sus pretensiones de conquista. Aquella maniobra bélica conjunta con los Monarcas de las Cortes y Albión solo podía beneficiar a la Secta. Los revolucionarios empezaban a endurecer sus fronteras y posiciones, se palpaba un paulatino refuerzo y adaptación al nuevo escenario estratégico por parte del enemigo. Llegaban rumores de nuevas estructuras y jerarquías, de purgas internas y del retorno de numerosos Antiguos al movimiento. Cada noche los anarquistas eran menos anarquistas, y en cambio se sumaban más en torno a un concepto nuevo "Sabbat". Debilitar y sangrar sus territorios había concedido a la Camarilla un gran margen de maniobra en prevención de un enroque por parte de los revolucionarios. Se había recuperado todo el territorio perdido, pero ahora resultaba extremadamente complejo avanzar sobre terreno patrio de los Clanes Tzimisce y Lasombra. Sus partidas de guerra se habían curtido, y el número empezaba a dejar de representar una cifra para tornarse en ventaja. Sin embargo sus innumerables derrotas en los últimos tiempos les habían dejado en una posición temporalmente defensiva. La Unión debía aprovechar ese lapso, ese respiro, para cerrar la mayor cantidad de frentes menores posibles. Mithras y Helena habían reanudado su conflicto centenario con entusiasmo, una guerra que sin duda no cesaría hasta el momento en que sus regímenes colapsaran. Hardestadt no tenía prisa respecto a una intervención política en los dominios monárquicos, era consciente de que aquella guerra que mantenían entre ambos Monarcas no podía sino terminar por derrumbar sus últimas influencias. Solo uno de ellos iba a emerger victorioso de su pulso de fuerzas, pero ineludiblemente ambos iban a perder en el largo plazo.

El Elíseo de Estrasburgo se había demostrado blindado contra asalto alguno. El Príncipe feérico de las Tinieblas había convertido sus dominios en un laberinto arcano a prueba de cualquier estratagema, pero no era más que una isla en un mar conservador, sin capacidad de agresión. El Occidente se encontraba protegido en consecuencia, y a razón de ese hecho la Camarilla había desplazado la mayoría de sus recursos a presionar en la Europa Oriental. A lo largo del pasado año los Balcanes se habían convertido en una zona de choque de fuerzas. La región había cambiado de estandarte de un modo continuado, de modo que se había demostrado como un foco estratégico para la eterna guerra entre inmortales. Los venecianos habían estado expulsando a los Demonios de la costa adriática, y sin duda hubieran tomado Albania si los conservadores no hubieran auxiliado sus posiciones. El Círculo Interior había enviado una delegación completa, junto a una partida de guerra de la Camarilla para defender Albania. La guarnición poseía el objetivo y cometido de resultar disuasoria, sin embargo los Giovanni parecían estar en época de probar sus fuerzas y límites. El asalto se evidenció como un mero tanteo de fuerzas que concluyó con la retirada de Claudius Giovanni, quien seguramente habría desestimado la posibilidad de una toma exitosa de la región. Sin embargo la voluntad agresiva del veneciano había despertado el interés estratégico del gran actor en la zona. El Clan Assamita había estado incursionando en Albania con fuerzas expedicionarias a lo largo de los años anteriores, y comprendió que si resultaba capaz de barrer la región y a la delegación de la Camarilla con ello obtendría un gran prestigio e influencia en la Estirpe. Y tal fue su determinación que las Voces de Edirne habían enviado a los Hijos de Haqim a conquistar Albania, y con ellos a cien mil hombres con los estandartes del Sultán.

Liderados por el Visir Khaldun los orientales habían avanzado sobre el sur de Albania de forma arrolladora. Habían forzado a la Camarilla a replegarse una vez tras otra, obligándoles a ceder los Elíseos de Svetigrad y Berat. El empuje otomano parecía no conocer el cansancio o debilidad en sus números, pero lo cierto es que a lo largo de la campaña el ejército del Sultán había sepultado más de treinta mil bajas. Las fuerzas de su ejército se habían visto reforzadas de un modo constante a lo largo de la contienda, pero era notorio que el Clan no podía comprometer la integridad militar de su mejor herramienta en un solo punto del mapa. La toma de Constantinopla y la dominación del Egeo seguían pendientes, razón por la que se decidió resolver el escenario con un golpe contundente. La Camarilla montó su línea de defensa en la ciudad de Krujë, fortificando el castillo Kruja para resistir la acometida Assamita. Sophie Anne quedaría al mando de una guarnición de veinte cainitas y ocho mil soldados de moral derrotada, una fuerza con la que enfrentar a los cien mil hombres que buscarían reducir a cenizas el enclave junto a sus amos inmortales. La contienda comenzaría en Mayo y no terminaría hasta finales de Noviembre, momento en que ambas fuerzas decidieran llevar a cabo un asalto final para jugar su última carta...

Las murallas del imponente castillo de Krujë habían resistido más que decentemente a lo largo de los seis meses que había durado el asedio sobre la fortaleza. Sophie Anne debía reconocer a su propia guarnición una gran capacidad de resistencia, así como un valeroso espíritu de superación. El fuerte jamás había quedado desabastecido, y esto solo había sido posible merced del ingenio y las expediciones que habían llegado a pasar o romper el cerco hasta en tres ocasiones a lo largo del asedio, incluyendo aquellos meses de invierno. La nieve había terminado por cubrir la región, algo que sin duda no habría gustado especialmente al ejército acampado. Pese a ello la situación seguía sin ser especialmente positiva. La fortaleza se asentaba sobre el punto más alto de la región, dominando las montañas sobre Krujë, y desde sus torres resultaba atemorizante contemplar la vasta hueste otomana que había plantado sus tiendas y trincheras entorno al fuerte. Ataviada con su ostentosa armadura completa bañada en oro, la inmortal contemplaba desde el torreón principal la situación invariable que había contemplado noche tras noche a lo largo de aquella contienda. El tono de su metal seguía brillando como el primer día, pues no había perdido costumbre de hacerla lavar a diario por desesperada que fuera la situación. Su manto carmesí, sin embargo, se encontraba sucio y desgastado. A lo largo de las últimas noches Khaldun había enviado sucesivos emisarios al fortín para convencer a la Camarilla de una rendición. Les habían ofrecido el perdón y un retorno seguro al Norte, pero ninguna de aquellas perspectivas había convencido o quebrado la moral de la agente de Hardestadt. No era la primera vez que el enemigo les amenazaba con un asalto, y hasta el momento todos habían sido repelidos con gran éxito. Sophie Anne agradaba de pensar que la presión diplomática ejercida por los orientales debía tener como origen una urgencia por levantar el asedio, que bien pudiera deberse a un frente nuevo a controlar, o quizás a la inminente llegada de refuerzos de la Camarilla.

No sabía si aquella noche marcaría un antes y un después, pero de lo que si estaba convencida es de que habría movimiento. Desde su posición como centinela había comprobado como las rutinas del ejército otomano se habían roto, y en su lugar la actividad de sus fuerzas se agitaba. Sin duda alguna habría que repeler otro asalto a los muros, pero estarían más que preparados. La inmortal abandonó su posición de centinela para descender por las escaleras interiores del torreón. Dirigió sus pasos hacia el salón estratégico que había habilitado la delegación de la Camarilla, dispuesta a comprobar que todo preparativo había sido dispuesto. En tanto encaminaba sus pasos podía escuchar las voces de los nobles de Albania, unidos bajo el mando de Skanderberg. La nobleza de la región había sido aunada bajo el estandarte de la Liga de Lezhë para defender sus tierras, y ahora cada uno había sido encomendado a repartir la Sangre de Cristo entre sus hombres para portar la fuerza de Dios a la batalla. Sus discursos inflamaban el espíritu de sus tropas, mientras que el sorbo de vitae haría el resto en el campo de batalla. Sophie Anne no era especialmente partidaria de tomar esa clase de medidas masivas, pero la situación era lo suficientemente desesperada como para cruzar algunas barreras morales.

El sonido persistente de sus grebas prosiguió su camino indistintamente del clamor ritual en el interior de los salones cerrados, al menos hasta el momento en que una andanada de explosiones la instó a detenerse y clavar su figura allí donde se encontraba. El estruendo de los diez cañones otomanos fue seguido por un instante de silencio. Los discursos cesaron, las voces se acallaron y por un momento el castillo pareció haber sido consumido en la nada. Una paz, sin embargo, preludio del clamor y los efectos de la sangre inmortal. Los portones de cada salón se abrieron bruscamente para permitir que brotaran de su interior las masas de tropas que conformaban la guarnición. Los gritos de órdenes en la lengua de sus tierras se esparcieron desde el interior del fuerte a cada punto de sus murallas, y en apenas un par de minutos lo que se había perfilado como la preparación de la acción se había convertido en la acción misma. Sophie Anne volvió la mirada hacia el fondo del pasillo, para contemplar como las puertas se abrían y los cainitas que conformaban su delegación emergían cubiertos con las armaduras completas de batalla. Su carrera la hipnotizó unos instantes, antes de desenfundar su espada bastarda para unirse a su vanguardia y dirigirse a las murallas.

Los inmortales de la Camarilla poseían la compleja pero esencial misión de impedir que los Assamitas sabotearan por completo la moral de los defensores. Rápidamente los veinte cainitas ocuparon posiciones equidistantes en puntos estratégicos del fuerte, quedando Sophie Anne a cargo de las puertas del castillo. Las formaciones de arqueros se agolpaban contra las almenas, dejando caer incesantes lluvias de proyectiles sobre las masivas formaciones que ascendían la montaña cargadas con escaleras y el ariete de tortuga destinado a tirar abajo la entrada. El desnivel y la imponente fortificación provocaban que los arqueros del enemigo apenas pudieran cubrir decentemente a sus aliados, mientras que las descargas desde las murallas eran tan letales como precisas. Una vez más la ladera de la montaña empezaba a regarse con sangre turca, pero sus formaciones se encontraban azotadas por el látigo de sus comandantes. La ventrue sabía que sus amos inmortales debían hallarse mezclados entre sus números, esperando el momento adecuado para atacar con ventaja. Una vez las primeras líneas otomanas alcanzaron los muros del castillo de Krujë la tensión alcanzó su punto culminante. Las escaleras empezaron a asomar en las murallas, a medida un creciente número de formaciones orientales se agolpaban a su alrededor. Una nueva andanada de cañonazos asoló los muros, provocando el desprendimiento de pequeños trozos de rocas. El calibre de la artillería era insuficiente para perforar el fuerte, habían estado seis meses abriendo fuego contra el castillo sin conseguir una brecha significativa. Los cañones no solo contaban con una desventaja en su posición, sino que siquiera habían sido calibrados decentemente. Sin duda aquello quedaría grabado a fuego en la mente de los otomanos para futuros asedios. La cantidad de tropas y fuerzas comprometidas en el asalto hacían de aquella maniobra algo nada convencional, parecía que los Assamitas habían decidido golpear con toda su fuerza, de modo que incluso los estandartes del Sultán Murad y el Príncipe Mehmed se encontraban involucrados en la batalla. El blanco de la nieve en la montaña había tomado un color desagradable, de un suave rosado dulzón, mientras que la extrema humedad y el hielo provocaran que el asalto mediante las escaleras fuera torpe y resbaladizo. Resultaba hasta cierto punto patético contemplar como las mejores fuerzas del Sultán se comprometían en batalla bajo tan negativas circunstancias. De sus más de cien mil hombres no menos de sesenta mil eran caballería, por completo privada de gloria por los muros del castillo. Ahora convertidos en infantería regular su potencial no distaba del de un pez fuera del agua.

Sophie Anne mantuvo su atención ojo avizor en su sector de la entrada, en tanto que la guarnición se encargaba de contener con proyectiles y piedras la escalada del enemigo. La mayor parte de los sectores parecían contener el asalto con tanto orgullo como fortaleza, sin embargo el flanco oriental del fuerte parecía estar sufriendo bajo la dirección del Príncipe Mehmed. No cabía duda de que aquél hombre tenía poco que ver con la ineptitud de su padre, si era capaz de dirigir correctamente un asalto ordenado bajo tan penosas circunstancias. Comprobando que el sector de la entrada se encontraba alejado de cualquier posibilidad de verse sobrepasado decidió socorrer el flanco en peligro. La inmortal avanzó a paso ligero tras las líneas de arqueros hasta el sector en conflicto. Más de cincuenta jenízaros habían logrado acceder a las murallas, y habían formado rápidamente una posición entorno a las escalas para defender su línea de refuerzo. Los caballeros de Albania mantenían un cerco agresivo, sin embargo la veteranía de las tropas de élite del Príncipe se defendían más que decentemente. Sophie Anne se unió a su hermano de sangre en primera línea, empujando la moral de los hombres mientras apartaba las espadas del enemigo diestramente y asestaba golpes letales con su espada bastarda. Se percató tarde de la mirada oportunista de uno de los jenízaros que conformaba aquella cabeza de asedio en la muralla, sin duda uno de los Assamita ocultos entre las fuerzas del Sultán. El jenízaro se adelantó para emerger de su formación, moviendo su alfanje con una rapidez y dominio sobrenaturales. La ventrue bloqueó su primer estocada, mas llegó tarde a desviar la segunda, que chirrió sobre la superficie de su armadura. La tercera escapó completamente a su control, impactando directa y limpiamente sobre su cuello. La inmortal abrió los ojos alarmada, del mismo modo en que el Assamita frunció el ceño. La alfanje quedó hundida apenas medio centímetro en el cuello de Sophie Anne, tal su carne fuera un robusto tronco de madera. La mujer gruñó, mostrando los colmillos y llevó la izquierda a sujetar el filo del arma, para que el jenízaro dejara de ejercer presión, y de un solo movimiento barrió la cabeza de su oponente mediante su espada de mano y media. Arrancó el arma de su carne, que bien podía haber terminado con sus noches inmortales si el enemigo hubiera poseído mayor fuerza, y suspiró para buscar con la mirada a su compañero. El caos se había desatado por completo en el sector, y mientras regeneraba su herida intentaba vislumbrar la armadura del aliado entre el choque de caballeros y jenízaros que empezaban a mezclar de colores los muros del castillo. Solo al volver la mirada hasta el patio interior del castillo comprobó que el guerrero de la Camarilla se había desplomado hasta allí, y se encontraba ahora combatiendo contra dos assamitas de forma desesperada. Solo su armadura y destreza le permitían aguantar el continuo envite disciplinado de ambos contendientes, que danzaban con sus alfanjes lacerando su carne y abriendo brecha en sus placas de metal. Sophie Anne saltó al interior del patio para socorrerle, más otro de los Hijos de Haqim saltó tras ella para bloquear su camino, desafiándola con su espada. La ventrue intentó apartarle de su camino, mientras observaba como los dos orientales se situaban a frente y espalda de su hermano de sangre y le desarmaban con su agilidad y rapidez. El assamita colocado a su espalda golpeó sus rodillas para someterlo, y finalmente ambos cruzaron sus espadas a lado y lado de su cabeza para convertir al vampiro en cenizas en un movimiento sincronizado.

A sabiendas de que no podría enfrentar a los tres inmortales Sophie giró sobre sus pasos para correr escaleras arriba, más su contendiente no tardó en pasar a bloquear su camino, mientras sus dos compañeros se aproximaban con celeridad al enfrentamiento. La ventrue realizó un giro completo con su hoja con voluntad de distanciarles y abrirse paso, más los tres assamita se limitaron a esquivar con facilidad aquella tentativa, permaneciendo en sus posiciones de combate. La guerrera apretó la mandíbula y aferró ambas manos entorno a la empuñadura de su arma, dispuesta a luchar en aquél desigual enfrentamiento. Los jenízaros no guardaron mayor silencio con sus armas, el primero de ellos atacó el centro de la mujer, que desvió su estocada solo para encontrar una segunda por sus espaldas, que rasgó su pierna izquierda por la apertura tras la rodilla. Incapaz de seguir el juego de ataques de sus tres adversarios intentó bloquear un segundo ataque girándose hacia sus espaldas, más por cada vez que la espada de Sophie bloqueaba un golpe otros cinco laceraban su carne y desmejoraban su armadura. Finalmente uno de ellos ejecutó una violenta patada sobre su torso para tirarla de nuevo al patio, y un segundo aprovechó el breve momento en que quedó postrada para caer en picado sobre su figura y hundir la alfanje en su corazón. Los labios de la ventrue quedaron entreabiertos mientras su mirada se oscurecía poco a poco, sintiendo como el control de su cuerpo se desvanecía y el letargo se aproximaba. Solo los blancos copos de nieve parecían distinguirse entre las tinieblas que empañaban su visión, en tanto que el sonido de la guerra y la batalla se amortiguaba en sus oídos.

El silencio llegó finalmente por completo, solo para desvanecerse en un mismo instante. Un torrente de dolor, color y explosión de sonidos inundó de nuevo su ser cuando uno de sus hermanos de sangre retiró el alfanje de su corazón. Sophie Anne miró con ansiedad a su alrededor, para comprobar cómo sus aliados formaban un círculo de defensa y protegían a la delegada de la Camarilla. Los assamitas, superados en número se replegaban a las murallas. La inmortal no podía sino pensar en que sus aliados acababan de abandonar sus posiciones defensivas, si bien el terror de acariciar la Muerte Definitiva provocaba que no pudiera brotar de sus labios ninguna orden que les apartara de su lado. Uno de ellos se encargó de apaciguar cualquier duda que pudiera albergar sobre el asalto con una sola sentencia.
- El Príncipe Elector Breidenstein está cargando contra la retaguardia del enemigo, ha llegado junto al Conde Vrana con refuerzos. -. Aquello significaba finalmente el final de aquél terrible asedio. Con Breidenstein en el campo de batalla su responsabilidad y tensión a lo largo de más de seis meses se convirtieron en un liberado alivio. Suspiró por inercia y quedó tumbada sobre la nieve, cerrando los ojos.

El Sultán Murad II perdería a más de veinte mil hombres en Krujë, recibiendo las fuerzas de Albania apenas un millar de bajas. Derrotado por el invierno y la enconada resistencia de la nobleza local, sus fuerzas emprendieron una lastimera retirada entre frío y nieve, a lo largo de la cual las milicias y emboscadas sucesivas de las fuerzas de Skanderberg les harían sufrir miles de bajas más. Enfermo y quebrado, el Sultán no volvería a salir de Edirne jamás, falleciendo a principios de 1451. El Clan Assamita tuvo que mantenerse expectante el resto del año, tras el mazazo sufrido a su influencia y fuerzas, preparando el alzamiento y gloria de quien sería su nuevo campeón. Mientras, sin embargo, la Camarilla se proclamaba la gran fuerza de la Estirpe, y retenía Albania bajo su poder. Sophie Anne sería nombrada entonces Arconte de la Camarilla, y protagonizaría una marcha triunfal hacia el sur, que finalizaría con la conquista del Elíseo de Atenas en Navidades. Los conservadores abrían su propia punta de lanza en el Egeo, dispuestos a participar en todos y cada uno de los escenarios de la Estirpe.
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Re: EL LEGADO DE ERCIYES

Mensaje  Legado el 17.06.15 12:44


El mundo se encontraba repleto de cobardes, poco quedaba ya del tiempo en que la Estirpe había reflejado la divinidad en la noche. Los poderosos nombres de Caín y su progenie se habían perdido o extinguido, e incluso hoy las alianzas de Antiguos y Clanes parecían dispuestos a abominar de su historia y construir un nuevo pasado basado en su conveniencia. Melinda había pasado los últimos años, desde la Revolución de 1444, en un frente tan delicado como peligroso. Nadie podría sin embargo acusarla de haber dudado un solo instante o de haber huido de sus responsabilidades. La Princesa de Florencia se había mantenido en la vanguardia del conflicto en todo momento, e incluso había sido de las primeras inmortales en romper sus lazos con su Clan y las viejas políticas y sumarse al futuro. Entonces todos la habían insultado, y en los Elíseos vampíricos de todo el continente habían abominado de todo cuanto significa abandonar el servicio al Monarca y rebelarse contra la tradición de los Altos Clanes. ¿Pero qué había sido de todo aquél ruido? Incluso los Ventrue se habían dado cuenta de que el sistema de las Coronas era por completo insostenible, y ante la perspectiva de verse superados por la revolución habían refundado los sistemas de la Estirpe. ¿Qué era la Camarilla sino una fotocopia gris del ahora Sabbat? Con el semblante aborrecido la inmortal permanecía tumbada de forma hedonista sobre un cómodo sillón de diseño francés. Todo cuanto la rodeaba parecía situarla en uno de sus lujosos dominios en Europa, sin embargo se encontraba lejos. Vestida con un holgado y macabro diseño negro mantenía la izquierda en alto tal fuera una artista, en tanto que jugueteaba a darle la vuelta una vez tras otra a un rudimentario reloj de arena situado en una elegante mesita a su lado. El contenido del reloj caía una y otra vez, transcurriendo junto al pasar del tiempo con una tonalidad gris y polvorienta que impregnaba con facilidad los cristales. "Petronius una vez, Petronius dos veces, Petronius ...". La Rosa Amarga permanecía hipnotizada viendo descender las cenizas del Príncipe de Corinto. Había sido expulsada de Francia al perder la guerra contra las fuerzas de Helena y la Camarilla, y Moncada le había recomendado marchar al Este. No sabía bien lo que aquello podía sugerir o significar, pero había optado por la solución más interesante a sus ojos. Al fin y al cabo el Elíseo de Corinto representaba la segunda mayor fuerza del Clan de la Rosa en la Estirpe, y obtener su control podría haberle dado la fuerza y legitimidad que requería en ese momento. El plan no había salido muy bien, pero a juzgar por el reloj tampoco del todo mal.

Había desembarcado en Grecia con el apoyo de una auténtica legión de voluntarios anarquistas. Su número no había sido excesivo, pero destacable en relación a las fuerzas que se barajaban en el Egeo. El asalto al Elíseo de Petronius había sido tan rápido y fugaz que apenas había existido un tiempo de reacción. No se habían lamentado apenas bajas, el objetivo había sido muy claro, y no se trató de otro que no fuera destruir al único cainita capaz de plantarle cara. Concluir con el viejo vestigio micaelita rindió inmediatamente el enclave a Melinda, pero el control sobre Corinto apenas duraría un par de semanas. Galbraith consideró que poniendo en jaque al Elíseo de Atenas podría confabularse con otras fuerzas en la zona para expulsar a la Camarilla del Egeo, pero los conservadores le habían pasado la mano por la cara sin desenfundar una sola espada. En Thorns Mithras había firmado un tratado por el cual se comprometía a adscribir sus Baronías a la Camarilla en un periodo no superior los diez años. Había perdido la última ciudad normanda a manos de Helena, y era plenamente consciente de que su prestigio y poder empezaban a tambalearse, el Monarca había perdido la confianza en su propia independencia, y evidentemente había decidido actuar de forma preventiva para conservar algunos derechos y privilegios exclusivos. El Tratado de Thorns no había fortalecido únicamente a la Camarilla, sino que había debilitado las expectativas de los revolucionarios más pusilánimes. Los conservadores aprovecharon el evento para promulgar un decreto de Perdón sobre todos los revolucionarios que se rindieran en el plazo de una semana, y la respuesta había sido masiva. Todos aquellos gusanos que habían continuado la lucha tras los últimos reveses, únicamente ante la perspectiva de no tener otra opción, pareciere que acabaran de ver las puertas de los cielos abiertas de par en par. De la noche a la mañana el Sabbat se había convertido en un puñado de feudos aislados, mientras que la gran mayoría de anarquistas se habían sumado a una penosa paz bajo la sombra de sus mayores. Solo el Cónsul de Occidente y el Cónsul de Oriente parecían retener suficiente territorio y poder en el Sabbat para resistir agresiones de la Camarilla, pero ni Moncada ni Lugoj parecían ser capaces de escapar a una condenada estrategia defensiva imperecedera.

Y allí estaba ella, la Rosa Amarga, ahora simple Castellana de Lesbos. Cuando sus fuerzas en Corinto se sumaron al perdón de la Camarilla apenas pudo dar crédito a la despreciable conveniencia de sus antiguos camaradas. Sin duda Moncada había sido un visionario al forzar los vínculos de sangre entre los miembros de las Cofradías, aquello era impensable entre las células del Sabbat. Melinda no iba a cometer dos veces el mismo error, y por ello había adoptado inmediatamente el modelo de Occidente en su nuevo feudo isleño, para prevenir traiciones o sorpresas. Helena no había perdido el tiempo tampoco ante las desgracias de su rebelde chiquilla, y había decretado la expulsión del Clan de la inmortal. Aquello había sido un hecho sin precedentes, y en el fondo de algún modo había dolido a la toreador. El corazón muerto de la Rosa Amarga se encontraba oscurecido desde hacia tiempo, repleto de odio y ambiciones, pero no podía negar el efecto e influencia que aún poseía el vínculo con su Sire y creadora. Moncada rápidamente había promulgado un edicto por el cual resultaba adoptada en el Clan Lasombra. Cómo eran las cosas, nunca había pensado que un día se levantaría de su sepulcro para saber que no era una Toreador sino una Lasombra. ¿Cómo podían ocurrir tales cosas? En un movimiento de hastío barrió el reloj de la mesita, provocando que este se desplomara sobre el suelo sin quebrarse el vidrio. Sin duda alguna el artesano de aquél peculiar símbolo de triunfo había tenido muy en cuenta el carácter de su señora al momento de realizar el pedido. Volvió su intensa mirada sobre su palma izquierda, moviendo la mano para contemplar cada detalle e imperfección sobre la cual había sido grabado la Marca del Monarca. La corona de Gratiano todavía lucía como el primer día, oscura e intensa. Había aprendido a manipular las sombras gracias a su benefactor, y nunca había comulgado demasiado con la visión oficial del Arte en las Cortes del Amor. Quizás si era una Lasombra después de todo.

Se levantó finalmente de su asiento, ignorando por completo cada elemento que recargaba su salón de un modo bucólico y a la par frío. Su figura se desplazó hacia la salida, irguiéndose como la dama grácil y tenebrosa que era. Su presencia delgada y esbelta la hacían parecer todavía más imposible merced del modo en que las formas y tonos negros de su vestido la estilizaban. Cada fino rasgo de su rostro completaba aquella estética de porcelana, que pudiera romperse en cualquier instante, más en su mirada transpiraba el deseo de poder, y por encima de este la venganza contenida por ver arder el mundo. Los pasillos y estancias del Castillo de Mythimna habían sido decorados con sus propiedades importadas de Florencia y Génova. Había sido incapaz de retener el Elíseo de Toscana, pero Génova todavía le permanecía fiel gracias a la inestabilidad regional que habían provocado los Giovanni con su guerra de reconquista. Su nuevo feudo le habría repugnado antaño, pero resultaba extrañamente adecuado para las emociones que la asolaban ahora. El Sabbat la había acogido, pero sabía que aquello no bebía tanto de una voluntad paternalista como de una necesidad imperiosa de sus filas por no perder más figuras representativas. Echaba de menos los avances gloriosos de los primeros años, y se sentía engañada por el modo en que todo había ido cuesta abajo desde entonces. La Revolución había cambiado la Estirpe, pero la habían heredado los mismos de siempre. Los anarquistas les habían hecho el trabajo sucio quitando de en medio a los Antediluvianos, y ahora les purgaban a satisfacción. El Castillo le servía como una oscuro y vasta prisión donde meditar y contener su ira. Se trataba de una fortaleza verdaderamente desproporcionada. Sus muros coronaban la colina de la ciudad, y esta no parecía más que una testimonial falda de viviendas en comparación al viejo fuerte bizantino.

A lo largo de los últimos meses había estado esperando su final, cada noche se había levantado esperando un ataque sobre las costas, un desembarco de la Camarilla con el fin de completar y cerrar su Caza de Sangre, sin embargo la Arconte de Atenas no parecía haber puesto en marcha nada de aquello. Melinda se había terminado por cansar de tanta espera y había perdido aquél temor para tornarlo apatía. Todo aquello la habían hecho sentir apenas una sombra de lo que había sido, y eventualmente habían despertado su carácter rebelde de nuevo. Mientras recorría los corredores de su fortaleza pensaba, pensaba y esperaba. Buscaba aliados en el Egeo, y esperaba misivas que nunca llegaban de un Sabbat del que permanecía desconectada y aislada. Solo sabía que Marconius, el Príncipe Lasombra de Estrasburgo, se había convertido en el primer Regente del Sabbat. Sin duda no solo había sido una decisión acertada, sino que era ideal para tocar la moral de sus enemigos. Se encontraba por completo rodeado por la Camarilla y Helena, pero permanecía intocable y aún le quedaba audacia para liderar la Secta. Le había enviado una misiva para reconocer su nuevo liderazgo y jurarle lealtad, pero no había recibido ninguna contestación. Aquello no había contribuido a su moral. Su paseo se enfurecía, y sus zapatos marcaban con fuerza el eco de su presencia entre la oscuridad del castillo. Aquella escala de frustración y enfado retroalimentada fue súbitamente cortada de raíz por la aparición frontal del Pontífice de la Cofradía de Lesbos, el Lasombra Andrade. Su perfil lánguido y envejecido le hacían parecer más encorvado y débil de lo que realmente era. Melinda se detuvo y le observó dispuesta a apartarle de un manotazo por interrumpir su drama psicológico, mas la voz del varón la interrumpió con nuevas.

- Mi señora, ha llegado un mensaje desde el Elíseo de Constantinopla, honran a su merced de parabienes y la saludan con apoyos y complicidad por el maltrato recibido por el Oeste. El Senado la ha invitado a comparecer en su cámara, y ser recibida con todos los honores. - El sacerdote mantuvo un silencio cauteloso, en tanto la Rosa Amarga enarcaba una ceja ante aquello. Volvió su mirada hasta las manos ocupadas del hombre y le arrebató el pergamino para leerlo ella misma.
- Si volvéis a romper un lacre dirigido a mi persona me ocuparé de abrir lo único que poseéis de valor. -. Sus palabras apenas fueron susurradas, en tanto que examinaba lo que podía hallarse tras aquella misiva, aunque no por falta de atención resultaban menos aterradoras. Andrade sabía que Melinda no le amenazaba, simplemente relataba un plan de acción. La Rosa Amarga no guardaba ninguna clase de confianza en aquella invitación. ¿A caso querían capturarla y cobrar recompensa de la Camarilla a modo de refuerzos para su persistencia? Resultaba incluso surrealista que la encumbraran de apoyos y cumplidos tras haber destruido la progenie viviente de Miguel en Corinto. Dejó caer la misiva al suelo para volver su visión a su Pontífice. Su visión exigente parecía esperar alguna clase de conclusión por el garante espiritual del Sabbat en Lesbos, algo que el hombre comprendió de inmediato.
- Quizás están desesperados, quizás desean el auxilio de la flota genovesa. Quizás incluso os coronan Princesa de Constantinopla en retorno. -. Andrade mantuvo sus sugerencias como sueños formando un castillo de naipes, que Melinda no tardó en tumbar taxativamente.
- He visto cementerios mas salubres que vuestra mente, todavía sigo sin comprender como os permito seguir aquí. - Emprendió la marcha de inmediato, dejando atrás al atormentado inmortal, en tanto consideraba lo que había oído. No le gustaba aplaudir a sus siervos, y aunque el Pontífice exageraba tres veces por cada ocasión en la que hablaba, había que reconocer que alguna de sus hipótesis era más que probable. ¿Pero qué esperaba ese Senado desprovisto de toda alianza o grupo de poder aliado? ¿A caso se aproximaría ahora al Sabbat después de expulsar a los Lasombra de la ciudad? Era un verdadero sinsentido. Alzó el mentón con el propósito de seguir conspirando entre las tinieblas...
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Re: EL LEGADO DE ERCIYES

Mensaje  Legado el 18.06.15 13:36


Ocho años errantes habían sido más que suficientes para tomar decisión de asentarse en un nuevo enclave que se encontrara a la altura de sus expectativas. Había dejado un reguero de sangre y venganza personal a través de los territorios del Imperio, los Balcanes y el Egeo. No había sido distinto a ejercer una cruzada de despertar, dejando atrás su languidecer en la turbulenta Italia para afrontar las inquietudes de este nuevo tiempo. Pareciere que el mundo se había vuelto loco, pues primaba romper todas las cadenas y límites que otrora habían existido. En un lado los revolucionarios exterminaban el orden y habían cometido el pecado de aniquilar su propio Clan por dentro, destruyendo a sus mayores. Lugoj ya no sería más un dragón a sus ojos, sino una rastrera serpiente como el resto de Tzimisce que se habían sumado a aquella oleada de sinrazón. Frente a ellos no se oponía el legado de Caín, no obstante, sino únicamente un puñado de Antiguos y oportunistas que habían escupido sobre el Padre y la historia de su Raza para moldear el mundo en una ignorancia que pudiera ser gobernada. En tales circunstancias Vikrias no podía esperar que nada ni nadie hiciera y tomara aquellas acciones que debían emprenderse de inmediato. Y no es que no lo hubiera intentado a lo largo de los presentes viajes y movimientos en los últimos ocho años, pero se había encontrado con inmortales cuya responsabilidad histórica brillaba por su ausencia, cuyo miedo y deseo de sobrevivir primaban por encima de los deberes que el caos acarreaban.

Sus viejos amigos del Inconnu le habían apoyado al principio, les había dirigido contra el enemigo allí donde se encontraba desprevenido y débil, sin embargo la sombría alianza de Matusalenes había permanecido demasiado tiempo inactiva, y el mundo en que había sido forjada había cambiado demasiado. Sus viejos compañeros se habían sentido atemorizados o inquietos por la senda abierta que él mismo había intentado imponer, y ahora Vikrias se había encontrado expulsado de la Orden y aislado de sus antiguos recursos. No por ello iba a renunciar a sus deseos, no obstante, pues le gustaba luchar en vanguardia tanto en lo real como lo simbólico. Derramar la primera sangre era ejemplo, y no había mejor motivo y razón que restaurar la cordura allí donde la demencia había fragmentado la Estirpe. La pérdida de Tzimisce le había golpeado duramente, como a cualquier otro miembro de la vieja guardia del Clan, y no dudó en que la respuesta a los momentos de duda y dolor que atravesaba la Sangre de los Demonios podía desvanecerse con el alzamiento de un nuevo Dragón, uno que reemplazara el vacío dejado por el Fundador del Clan, que fuera capaz de meter en cintura a Lugoj y sus rebeldes. Vikrias había elegido aquella ciudad, la vieja Tesalónica, para instaurar el núcleo de lo que debía ser la influencia central de su naciente imperio inmoral. Y tal era su convencimiento y confianza que no solo se había hecho con el Elíseo de la ciudad, sino con la urbe entera. El sometimiento directo de la población mortal, el flagrante quebrantamiento de la Mascarada y cualquier discreción vampírica alarmaron a la Camarilla, a un mismo tiempo que escalaban las tensiones en el Egeo. Apenas la misma noche de la conquista se declaraba ya el Dragón de Salónica, y hacía llamar a todos los verdaderos Tzimisce a acudir a su Dominio para jurarle lealtad. Una semana después ya había cosechado tres declaraciones de guerra. La Camarilla, por el peligro que suponía a las nuevas Tradiciones inmortales, el Sabbat por ser un rebrotar de la vieja guardia Tzimisce, y por supuesto los Hijos de Haqim, por haber conquistado uno de sus dominios e interferir en su zona de control.

Aquél despliegue de indignación diplomática hizo que el tema a debatir no fuera ya el caso de Salónica, sino cual de las tres fuerzas iba a conquistarla primero. Sin embargo los ánimos bélicos de todos los contendientes habrían de relajarse pronto, pues el Dragón de Salónica mediante su osadía había atraído el espíritu desafiante de los Antiguos de su Clan. Cinco Antiguos le juraban lealtad en los primeros ciclos, doce serían después, y más de cuarenta y dos antes de finalizar el otoño. Ante la atenta mirada de las fuerzas vampíricas de la región Salónica se convertía en un bastión inexpugnable, fortificado por decenas de Antiguos del Clan más temido en la guerra, que sin duda habían puesto a su disposición una población de miles de ciudadanos que pronto se convertirían en sus ejércitos corrompidos por la Vicisitud. La sangre anciana de los Demonios parecía haber abandonado su apatía y sus decrépitos refugios para cabalgar juntos una vez más. Y en tanto su poderío militar crecía noche tras noche, la Agia Sofía de la ciudad se convertía en la nueva Catedral de la Carne, el nuevo bastión del Dragón ...

Los pasos desnudos de Vikrias generaban el único sonido, junto al arrastrar de sus sedas, capaz de perturbar el tiránico y perturbador silencio del enorme edificio otrora religioso. La iglesia había quedado, para cualquier hombre que hubiera tenido ocasión de contemplarla antaño, por completo irreconocible. Salónica se había convertido en un delirio, y el centro de gobierno de la misma no era más que una exaltación de ese hecho. Una membranosa superfície de carne y víscera, unida a nervio y arteria, recorría las paredes y columnas del monumento tal se tratara de un gigantesco ente viviente. Sus latidos vibraban suavemente en la oscuridad, aunque el eco del mismo no se encontraba en el ábside de la iglesia. Aquella ramificación moldeada por el Matusalén se unía en un gran nexo vicisitado en las catacumbas de la Agia Sofía, en cuyos sótanos la sangre se había estancado para cubrir un palmo de profundidad. Los tentáculos y prolongaciones de aquella criatura no se enzarzaban en el edificio, no obstante. Sus extremos se expandían voluminosos bajo el subsuelo y el alcantarillado, alcanzando los muchos puntos de interés de la ciudad. Sus múltiples ojos y oídos lo veían y escuchaban todo en Salónica, convirtiéndole en un terrorífico nexo de información en el Dominio. Conectada la mente y voluntad del Dragón a la de todos sus siervos y creaciones, la blanca figura que paseaba entre las tinieblas de su Catedral se encontraba allí tan presente como en cualquier otro punto de la ciudad que había subyugado. Sus sentidos podían viajar a cualquier lugar sin moverse, conocer cada detalle y secreto. Su ojos de tono ámbar permanecían abstraídos y atentos en la nada, mientras sus cinceladas facciones simétricas coronaban el hedonista trabajo de modelaje que era su cuerpo desnudo. Solo la desproporcionada casaca oriental cubría sus brazos y espalda con un intenso carmesí tintado. Se encontraba en la intimidad de su Casa, y allí nadie había de molestarle sin invitación previa.

Fuera, donde antaño se habían alzado los fabulosos jardines de la iglesia griega, ahora tan solo se mantenía presente un terreno de tierra húmeda, abonada con la sangre de las víctimas que habían sido asimiladas para la construcción de aquella monstruosidad que supervisaba la urbe. Por las calles desfilaban las nuevas cohortes de slazchta, en un sincronizado y sobrenatural movimiento que pareciera unificado desde una mente central. Solo los Antiguos del Clan conservaban libertad de pensamiento en Salónica, y residían como opulentos caballeros y nobles en las residencias notables de la ciudad, expropiadas a sus antiguos dueños. La población no había sido desaprovechada bajo ninguna circunstancia, y en su lugar se habían convertido en un recurso más para la gestión de Salónica. Los más fuertes eran destinados a tares de construcción y reforma, y los más débiles a cuidados e higiene de la ciudad. Los sanos se habían convertido en reproductores, cuando no en recipientes para alimentar a sus nuevos amos. Fuera cual fuera la categoría de un mortal, sin embargo, mas le valía no caer enfermo. Pues cuando un hombre era inválido para el trabajo era inmediatamente moldeado para la guerra, y extinguido como ser humano. La nueva nobleza de Salónica recreaba banquetes y eventos sociales tan macabros como impensables, en tanto que brindaban por el Dragón o tildaban Salónica como la reencarnación de la Segunda Ciudad. Sabían que pronto los hornos de la guerra les llevarían a numerosos y muy distintos frentes, pero aquello no les preocupaba sino todo lo contrario. Los Antiguos del Clan se encontraban entusiasmados por cabalgar de nuevo a la guerra, y ya pensaban en los nombres y títulos con que serían reconocidos en sus nuevos feudos y Dominios. Enfrentarse a unos u otros, ¿qué importaba? Las decisiones importantes eran disputar quién gobernaría en París, o que Voivoda se impondría en Londres.

A Vikrias no le preocupaba en lo más mínimo un asalto, el enemigo todavía desconocía la clase de defensas arcanas con que había protegido el feudo, merced de los conocimientos robados de Ceoris, y para cuando lo descubrieron todavía tendrían que reunir los recursos y magos suficientes como para quebrarlas. Por otro lado si le preocupaba conocer a la perfección el entorno en el que se había establecido. Pronto el invierno habría de congelar los avances militares y cualquier maniobra regional, pero la primavera del año venidero iba a resultar tan explosiva como crítica. El Dragón de Salónica tomó asiento sobre el trono de acero que había instalado en el centro de la iglesia, y cerró los ojos mientras recostaba su figura en la forma esculpida con fuego y martillo. Durante unos instantes su mente se distanció de su feudo, y buscó entre los ecos del mundo que le rodeaban una señal y esencia concretas. Tardó largos instantes en localizar el primer pulso de su objetivo, mas cuando lo encontró se aferró a él y fue estrechando el cerco hasta encontrarle. Se trataba de un muchacho joven, vestido de forma desarrapada. Corría sin cesar pese a su quebradiza figura, poseído por una voluntad sobrehumana. Su mente y ser no eran más que una prolongación sometida a los designios del Dragón. Vikrias se instaló en su mente para sentir y percibir donde se encontraba. El joven no había comido en dos días, y solo había bebido el agua de los riachuelos que había cruzado en su trayecto. Sin duda alguna aquél recipiente no iba a sobrevivir a aquel trayecto, pero aquello resultaba del todo irrelevante. Solo necesitaba que alcanzara Tasos, y que una vez allí cumpliera con su misión de infectar otro cuerpo con su maldición. Así era como él lo había querido, y aún si se concentraba podía imaginar el camino de cada uno de sus títeres, dividiéndose en todas direcciones, solo comandados por los hilos que les unían a Salónica. Ellos serían sus ojos, le dirían lo que quería saber, y sobre ello edificaría las sendas de la guerra. Nadie estaría más preparado que él, pues a diferencia del resto el Dragón les consideraba a todos sus enemigos, y no esperaba tregua ni alianza con fuerza alguna. Solo conquista, solo sumisión. No existiría término medio, siervo o cenizas.

Complacido con el curso de los acontecimientos el Señor de Salónica levantó lentamente su artificial figura de su trono de gobierno, irguiendo su columna. Cualquiera que contemplara sus movimientos y su comportamiento comprendía de inmediato una cosa, y es que aquél inmortal había dejado de considerarse un líder para convertirse en un dios. No se consideraba maldito, ni creía que Caín hubiera maldecido a Tzimisce. La tradición decía que su debilidad había sido forjada el día que Tzimisce devoró a Kupala, el Gran Espíritu de los Bosques, y que con su muerte el poderoso árbol no solo le concedió sus poderes arcanos, sino que le condenó a echar raíces en la tierra de sus ancestros. Siendo así, que era el único Clan al que el Padre jamás había maldecido, quedaba patente que solo era su derecho y potestad gobernar y reencauzar el destino de la Raza inmortal. Y si aquella Estirpe se resistía a su nuevo destino, nada había que temer, pues todo ciclo requiere de un fin para volver a comenzar, y el Dragón no dudaría en quemar los restos de la degenerada prolongación de decadentes vástagos para engendrar un nuevo principio sobre las cenizas de los indignos. Aquella era su voluntad, y así había de ser cumplida.

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Re: EL LEGADO DE ERCIYES

Mensaje  Legado el 19.06.15 12:46


Se habían cometido errores. La yihad había costado la sangre de grandes inmortales, cuyos nombres se olvidarían para siempre en el seno del Clan. La jerarquía era incuestionable entre los Hijos de Haqim, pero las cenizas eran iguales para todos, y en la muerte ninguno había que destacar por encima otro. El Juez del Primer Elíseo, el portador de la justicia de Caín, había hecho llegar su voluntad a sus muchos descendientes mediante mensajes ocultos y sobrenaturales. Los assamitas se habían preparado largamente para cuando ese momento finalmente llegara, y tal era así que ahora había llegado y estaban dispuestos para avanzar sobre su destino. El Clan había languidecido apartado del mundo para muchos, pero nada existía más alejado de la realidad. Ellos eran los únicos que no se habían apartado, que no habían huido de sus responsabilidades y orígenes. Permanecían en Oriente, en las tierras en que se había originado la Estirpe. Habían defendido y guardado con austeridad y devoción las puertas a las ruinas de la Segunda Ciudad, así como el legado y las escrituras de Haqim y sus mayores. Habían defendido el conocimiento y la dignidad de la Estirpe de las serpientes de Egipto y el Sinaí, de los Seguidores del falso Primero. Habían acometido con lealtad y abnegada entrega cada uno de sus deberes, habían convertido sus cuerpos en herramientas pulidas y perfectas, puestas al límite para el desempeño de las funciones que debieran llevar a cabo. En silencio habían soportado las voces de las Coronas lejanas, y sin alzar la voz se habían dejado llamar Bajo Clan, tal fueran más indignos que otros. Los Altos habían caído ya de sus pedestales, y los traidores del Diluvio no eran ya más que cenizas o durmientes olvidados. Haqim no había olvidado, no obstante, y en sabiduría de que la convulsión había llegado al mundo para reformarlo, llamó a la atención de obra y pensamiento a cada uno de sus hijos. Las doce Voces del Juez habían asentado su nuevo centro de poder en Edirne, donde residía ahora el Tribunal de Sangre. Su abandono de la Tierra Santa de Enoch les llevaría a la vanguardia de la guerra, para dirigirla y portar la voluntad de Haqim a todos sus hijos, pero lejos de allí, en los valles de la antigua Persia, existían otras piezas de esencial responsabilidad para con los designios del Juez. La fortaleza del Alamut seguía acogiendo todos y cada uno de los aspirantes a convertirse en espadas, ojos y voces de Haqim, y entre los jóvenes aprendices se alzaba la sabiduría de su maestro, el Viejo de la Montaña.

Bajo la estrellada noche el valle dominado por la fortaleza de El Alamut no descansaba jamás. Las gentes de las villas y poblaciones próximas dormían descansando su esfuerzo, pero los inmortales del castillo despertaban para instruirse en cuerpo y alma de acuerdo a las honorables y sacrificadas sendas de su ideal. Sus cánticos y entrenamientos no molestaban a la población mortal, que más bien al contrario solía sentirse segura y bendecida por la presencia de sus sobrenaturales guardianes. El carácter austero y respetuoso de los habitantes del castillo siempre había comprado la colaboración de la los locales, que generación tras generación habían forjado un sólido vínculo con sus vecinos, que no señores. Aquello había terminado en una relación de admiración, que eventualmente había fructificado en la tradición de entregar a un niño por cada familia, para que tuviera el honor de formar parte de los rangos de El Alamut. El Viejo de la Montaña aceptaba tales niños, y la familia solía recibir un presente de la fortaleza en compensación a su entrega, así como la seguridad de que la justicia de sus moradores les protegería de cualquier mal. Encontrar hombres extraordinarios en edad adulta no era tarea fácil, máxime cuando muchos de ellos debían desempeñar funciones imprescindibles en la sociedad humana. Era por esta razón que el Maestro del castillo hallaba el infinito valor de los niños, pues podían ser educados y entrenados desde temprana edad para ser convertidos en gente extraordinaria al comienzo de su sendero vital. El Viejo de la Montaña mantenía a todos ellos como mortales hasta la edad de los veinte años, momento en que eran obsequiados con la conversión a ghoul, deteniendo su envejecimiento y mejorando sus facultades físicas. Pasadas las pruebas del Clan se enfrentaban al Abrazo, y finalmente eran destinados a zonas hostiles donde demostrar su valor y emplear todo cuanto hubieran aprendido. Los que regresaban vivos y triunfantes pasaban a engrosar las escalas del Clan, y eran ungidos con el respeto y las marcas de Haqim. Aquellos agentes eran altamente respetados y demandados por los Visires del Clan, pues los niños criados en El Alamut poseían fama y prestigio de ser inmortales de élite. Sin embargo estos no suponían más que una fracción del Linaje, en tanto que la mayoría de miembros procedían de todos los puntos de Oriente, y sus edades de conversión eran tan diversas como sus nombres.

El Viejo de la Montaña había recibido un requerimiento especial desde Edirne, y había pasado largo tiempo disponiendo cada detalle para aquella entrega. Su prestigio como Maestro había sido puesto a prueba, pero su satisfacción con el resultado había sido más que notable. Sencillamente el acabado era sublime. Su rostro ajado y curtido por el sol durante sus tiempos como mortal mantenía unas facciones neutras, cuya expresividad quedaba mayormente oculta por el gris canoso de sus barbas. Un austero y gastado turbante blanco cubría su calva, abombando su frente de forma artificial, algo que resaltaba su rostro enjuto y su fina nariz. Su cuerpo había sido lavado recientemente, de forma ritual, y ahora se encontraba cubierto por sus túnicas y atavíos pálidos. Sus huesudas manos recorrían las aguas contenidas en una vasija de cerámica sin decorar, para lavar cualquier impureza en ellas contenida. Se encontraba en su estancia privada de meditación, y como tal había sido dispuesto a total silencio y soledad. Las cuatro paredes desnudas que le rodeaban le sumían en una oscuridad cuasi absoluta, solo perturbada por el débil fuego de una vela prendida, cuyo plato de bronce reposaba directamente en el suelo. No había allí mesas ni asientos, como tampoco pilares o clase alguna de elementos superfluos. Arrodillado sobre una alfombra de esparto se enfrentaba a los elementos que le rodeaban. Desplazó la vasija de agua una vez terminó de lavarse, arrastrándola sobre el suelo con un sutil empujar de sus yemas, y a continuación tomó la hoja de hierro desnuda entre sus dedos, para abrir un corte en su muñeca izquierda con lentitud y recto proceder. Su oscura mirada supervisó el gesto, y a continuación giró el brazo para dominar con él la altura inmediatamente superior a una honda copa de madera. Apretó el puño y concentró sus sentidos en dejar fluir la sangre, de modo que solo una vez la copa se encontró llena de su esencia permitió que su cuerpo cicatrizara su herida. Antes de alzarse procedió a lavarse una última vez las manos, así como especialmente la zona en que había abierto su carne, y ya dispuesto tomó con él la copa entre ambas manos para abandonar la cámara ritual.

Sus pasos desnudos avanzaron por la roca del castillo, mientras los guardianes de la fortaleza abrían los cortinajes y puertas que se interpusieran en su avance de forma disciplinada. A medida que avanzaba por el camino que debía llevarle al patio exterior el sonido de los cánticos y coros del Clan se tornaba más intenso, hasta que finalmente los portones interiores se abrieron para dejarle acceder a cielo abierto. Las voces rituales se silenciaron en ese mismo instante, convirtiendo el advenimiento del Viejo de la Montaña en una presencia rodeada de silencio y misterio. Una veintena de ghouls rodeaban el patio como asistentes, y sus voces habían sido las encargadas de mantener el cántico en alto hasta su llegada, pero el centro de aquél atrio amurallada se encontraba ocupado por algo de mayor valor. Una primera línea de diez inmortales ataviados con las armaduras honorarias del Clan formaban anónimos y embozados, permutándose la formación a sus espaldas hasta contar el centenar. El tono dorado y los colores cálidos de cada uno de ellos contrastaban con los negros velos y sedas que envolvían la figura que había de liderarles, la de una mujer cubierta por el mismo anonimato que sus hermanos. Todos contemplaban al que había sido su Maestro, pues al margen de quien les hubiera convertido, de quien les hubiera otorgado el Don, solo él les había enseñado cuanto sabían. Su verdadero Sire se encontraba ante ellos, y cada uno de los que pronto partirían sabían que no le volverían a ver jamás, pues en El Alamut no había lugar para nadie que no fuera aprendiz o aspirante. Abandonar aquellos muros por segunda vez era hacerlo para siempre, y había llegado aquél momento de adquirir la madurez como inmortales. Sabían que formarían parte de algo grande y maravilloso, pues conocían sus capacidades y el placer de su Maestro con sus resultados. Nunca había existido remesa más numerosa, ni tan pulida en siglos. Portando la copa entre sus manos los pasos desnudos del anciano inmortal avanzaron hacia la formación, en tanto que su voz se hacía escuchar.

- Vuestros viejos nombres se han perdido, vuestros recuerdos se olvidarán, no sois ya hombres ni mujeres, no sois ya siervos ni aprendices, no sois siquiera inmortales ni hijos de la noche. Hoy sois santos y ángeles, y portáis en vuestro sino la espada llameante del Juez que habrá de hundir su fuerza y voluntad en el corazón de sus enemigos, que ahora son los vuestros por siempre. Sois los Cien Hijos de Haqim que abandonan El Alamut para partir hacia el Tribunal de Sangre, donde las Voces de Edirne os asignarán cometido. -. Sus pasos recorrieron el perfil de la formación para situarse finalmente en la última de las filas. Contempló al inmortal que tenía ante él y mojó el índice y el corazón en la sangre de la copa, para marcar una franja escarlata sobre las cejas del vástago. Este cerró los ojos, recibiendo la confirmación de Haqim, y solo fue el primero de muchos, mientras el anciano recorría uno a uno a sus guerreros graduados para bendecirles, en tanto hablaba. - Seguiréis a vuestra Visir y la obedeceréis en todo aquello que os diga, pues el Juez la ha elegido para portaros a la victoria. Escucharéis en cada rincón, veréis en cada esquina. Vuestras espadas lucharán por la causa, y defenderán a sus campeones. Protegeréis al Sultán Mehmed y auxiliaréis sus vanguardias para que alcancen la gloria. Haréis posible lo imposible, cruzaréis los muros de Constantinopla, conquistaréis la Joya del Bósforo y vuestro triunfo abrirá las Puertas de Europa. Habéis sobrevivido hasta hoy, en adelante no os habrá de preocupar más, lucharéis por voluntad del Juez, venceréis por voluntad del Juez, moriréis por voluntad del Juez.

Sus palabras se mezclaron con ritos y palabras de lenguas perdidas, bendiciones de la Vieja Estirpe y salmos del Padre Oscuro. Al pasar de los minutos terminó por bendecir a todos los guerreros del escuadrón, para volver al frente de todos ellos. Entonces se aproximó hasta la figura de la mujer cubierta en tinieblas y le tendió con ambas manos la copa, que ella tomaría del mismo modo, de forma reverencial.
- Visir Irkalla, cumple tu destino. - La mujer volvió su visión hasta el contenido de la copa de madera y la inclinó contra sus labios para beber la sangre anciana. Su cuerpo sintió como el poder sobrenatural la recorría momentáneamente, inundándola de valor y coraje. Retornó la copa a su maestro y volvió su figura hacia el centenar que había de seguirla. No tuvo que decir nada que no hubiera sido dicho. Sus pasos se aproximaron al centro de la formación y la atravesaron mientras sus hombres se hacían a un lado disciplinadamente. Una vez se encontró ante las puertas del castillo estas fueron abiertas desde las torres, y la cohorte assamita giró al unísono sobre sus talones para encararla e iniciar el desfile tras el mando de Irkalla. Los campesinos y residentes de las vecindades habían dejado un sendero de respetuosa despedida durante las horas solares, de vibrantes amapolas orientales. Una alfombra colorida con la que despedían a los hijos que no habían visto en décadas, y que llegaba hasta los establos donde podrían montar los corceles que les acompañarían hasta el siguiente enclave del Clan. El camino sería largo, pero no más que un suspiro para aquello a lo que habían sido enfrentados en el pasado. Alcanzarían el Egeo en el mes de Mayo, y entonces la Estirpe conocería su fuerza imparable...
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Re: EL LEGADO DE ERCIYES

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